No hablar fue toda una novedad y una ventaja. Entre mis amigos del barrio pasé a ser más importante incluso, y como las cosas que tenía que decir empecé a anotarlas, primero en papelitos y luego en la libreta, la mayoría estaba pendiente de mis mensajes. Comencé a tener cierto poder a través de ellos, como si la palabra escrita fuera más importante. Los pibes me rodeaban y esperaban con ansiedad el final de cada frase. "El Chuso es un hijo de puta, hay que cagarlo a palos", escribía. Más que comunicarme, dictaba sentencias que los demás corrían a ejecutar. Era lindo. Aunque más de una vez alguna madre golpeó la puerta de casa con su hijo apedreado o lastimado para acusarme. Los demás podían hacer barrabasadas, como decía mi madre, yo en cambio no tenía escapatoria: la letra me delataba. Así fue como con los más amigos ideamos un sistema para nombrar las cosas importantes sin tener que nombrarlas. El código nos daba impunidad, que era una de la cosas más emocionantes en aquel entonces. Si yo escribía "remontar el barrilete", eso quería significar que había que "reventar a alguien", porque reventar y remontar hacían la misma música. Cuando el "barrilete" era "rojo", el designado para recibir la golpiza tenía nombre que empezaba con la sílaba ro. Robertito, por ejemplo. Si escribía "patear al arco", era que había que "apedrear alguna casa", cuando la casa tenía determinado color, eso la diferenciaba del resto por la sílaba del nombre del pibe. Para robar alguna bicicleta, escribía "dar una vuelta a la manzana". Cuando las órdenes eran más complicadas partía las palabras, las mezclaba y le ponía números para su lectura. "Remontar la manzana verde porque J. 8 descubrió el arco dado vuelta". Luego quemaba los papeles. En líneas generales me hacía entender sin dificultad. No existían en aquellos años cosas demasiado complicadas. El mundo era ese barrio chato con casas a medio construir y la cancha en el descampado para jugar al fútbol o escaparnos a la hora de la siesta. Todo se podía. Nadie usaba la palabra discriminar. No existía.
En los fondos de la iglesia organizábamos campeonatos para ver quién se quedaba con la hermana mogólica del Coco Garibaldi. El que llegaba más lejos tenía derecho a toquetearla y a llevársela atrás de la casa parroquial y metérsela entre las piernas. Ella babeaba y se divertía como si estuviera saltando con la soga. Cuando ganaba el Coco -casi siempre, porque tenía un pito largo y finito de anguila-, le tocaba al Coco. Como era mogólica, no era una hermana. Mi padre algo sospechaba, porque a veces bromeaba con que yo y mis amigos tendríamos que estar denunciados por infancia. Pero nunca se metía en serio en mis asuntos.
Una de las cosas que más me apasionaban eran sus libros de Medicina. Buscaba detalles y enfermedades relacionadas con mi problema, pero jamás llegaba a comprender gran cosa. Estaban escritos en un lenguaje muy difícil y todo lo que lograba era leer por aproximación, ubicando el área de Broca y la cisura de rolando como si fueran las placas de una falla geológica que me atravesaba uno de los hemisferios cerebrales. Escribía cisura y me figuraba una grieta, en el diccionario decía algo así. También descubrí que había otra cisura, la de silvio, pero como el médico no la había mencionado yo la anotaba con minúscula. Y descubrí incluso que la fisiología de esa zona tenía que ver con la química del cerebro o con lo que los libros llamaban la neurotransmisión y los impulsos cerebrales. A los doce años creí entender que mi falta de voz no sólo se debía a un problema en el área de Broca, sino que la falla se originaba en alguna interferencia del sistema que impedía la transmisión. A tientas iba siguiendo esas pistas, como un juego del tesoro pero en la cabeza. Claro que a esa altura Rolando iba en mayúsculas.
A los cuatro meses dejé de tomar la medicación. Entendí que no la necesitaba y que había otros caminos para volvera hablar. Los genes que heredé de mi padre hicieron el resto. Eso sumado a lo que tanto él como mi madre me reprochaban en tono cariñoso. "Es muy ingenuo", decían. Constantemente me lo marcaban, pero con dulzura, sin reproches. Ser ingenuo está lejos de ser idiota. Mi tía Sonía afirmaba en cambio que era mejor ser ingenuo que mal hablado, pero yo era peor: ingenuo y mal escrito.
Un poco antes de quedarme mudo habían llegado al barrio las primeras antenas de televisión. Fue todo un acontecimiento. Es algo que tengo muy grabado porque lo primero que se me ocurrió fue aprovechar el sistema invisible de las imágenes para recuperar la voz. Cosas de ingenuo: como las ondas que viajaban por el éter llegaban con sonido, me dije que si lograba captarlas en el cerebro yo también tendría la posibilidad de hablar. Éter era otra de las palabras de moda. Estaba tan entusiasmado que no se me ocurrió pensar que si el experimento tenía éxito, lo único que podría repetir sería la programación entera del canal 7, con publicidad y todo. En aquel tiempo había una propaganda de la Chica Trineo. La Chica Trineo soplaba por el agujero de una pastilla de menta y salían pelusas. "Pica pica Picanola", decía. La plata de los vueltos se me iba entera en las pastillas Picanola, las compraba por docenas. El cerebro me funcionaba como una pantalla, veía a la Chica Trineo hasta en sueños; también me imaginaba submarinos raros y los dibujaba, con planos y medidas; a veces se me daba por inventar armas atómicas o trampas subterráneas para cazar mujeres imposibles como la Chica Trineo y experimentar con sus cuerpos. "Tiene una imaginación frondosa", decía mi padre con algo de orgullo. Pero la verdad es que a las ideas más científicas las sacaba de las "Mecánica popular" del ingeniero Behrenz, que vivía a dos cuadras de casa. Fue el primero en armar televisores y colocar antenas de televisión en el barrio. Él me las prestaba.
El asunto de las ondas electromagnéticas lo consulté con él. Behrenz andaba siempre con un amperímetro en el bolsillo y tenía teorías raras acerca de las ondas electromagnéticas que, afirmaba, partían del núcleo terrestre y nos atravesaban cada cuatro o cinco metros. Nadie podía esquivarlas. Él me había dibujado un globo terráqueo con las ondas invisibles que alteraban nuestra personalidad. Era como una rayuela, pero más inteligente y complicada. Cosa de hombres. Cuando se me ocurrió la idea, la escribí en un papel de astrasa del almacén y le hice pregunta: "¿Sirven las ondas electromagnéticas para hablar?". La leyó muy interesado. Al final, dijo:
-Puede ser, pibe, a lo mejor, quién te dice- y rió con una risita corta. Pero enseguida, bastante más serio, repuso-: los grandes inventos nacen de ideas locas.
Las palabras de Behrenz me animaron. A los dos días estaba colgado del cable de la antena de la casa de los dueños de los helados Laponia, unos italianos que dormían en un chalet enorme a dos cuadras de casa. La mujer del dueño de los helados Laponia tenía las tetas en punta de Gina Lollobrigida, pero yo me concentré nada más que en recibir las ondas electromagnéticos del canal 7 para lograr sonido. Corté los dos polos del cable de la antena que bajaba de la parrilla y a uno lo abrí y estiré hasta conectarlo y pegármelo con cinta adhesiva al cuero cabelludo del remolino de la cabeza, que era donde mejor conectaba. Al otro polo lo pelé y lo retuve en la boca, apoyado en la punta de la lengua. No sentí nada, salvo el riesgo de quedar calvo antes que mi padre. Lo pensé, pero no me importó. Estuve así cerca de dos horas, hasta que en el patio de la casa de los dueños del helado Laponia apareció el italiano y me empezó a insultar y a tirar piedras. Los chillidos de mono lo asustaron, porque salió corriendo y volvió con una escopeta.
Cuando al otro día el matrimonio se apareció en casa, mi padre los recibió con una sonrisa tranquilizadora:
-El chico es mudo -dijo-, pero tiene iniciativa.
No sé cómo hizo, pero al poco tiempo yo recibía baldes de helado de chocolate y vainilla de regalo. Ese era el don de mi padre. Mi madre en cambio los tiraba a la basura, decía que mi padre andaba con la italiana de las tetas despampanantes y que el dueño de los Laponia era un cornudo. Mi padre reía y aullaba como un condenado al final del pasillo. "Hijo -decía en medio de algunas frases robadas al Eclesiastés-, tu madre es buena pero un poco descentrada". En las noches de verano nos sentábamos en la puerta de casa a mirar las estrellas y a comer helado hasta el fondo del tarro. Cada tanto pasaba un tranvía y yo sentía el rumor sordo de las vías durante las curvas o los chisporroteos de la vara del troley cuando se desprendía y estallaba en destellos de luz. Entonces no me daba cuenta de lo lindos que eran esos momentos. Mi padre mentía, inventaba nombres de constelaciones que sólo él veía y que yo confirmaba. "Aquel grupo de estrellas se llama Rolando -decía señalándolas-, y son potentes y nunca van a declinar". Yo buscaba formas parecidas a la mía, pero sin suerte. Él afirmaba que el universo guardaba un secreto mudo que la expansión constante iba descifrando muy paulatinamente, pero que aún no estábamos en condiciones de interpretar. Yo lo entendía a la perfección.
A las pocas semanas de que me detectaran la mancha en algún lugar del área de Broca me llevaron a un centro neurológico en la capital para sacarme radiografías y hacer estudios más complejos que incluían mapeos y cortes cerebrales. El médico era un profesor que le habían recomendado a mi padre en el Patronato del Leproso. "Una eminencia", me susurraba cada tanto, para darme ánimo. Después de los estudios, el hombre les explicó a él y a mi madre que lo que habían encontrado en el área de Broca probablemente no fuera suficiente para explicar mi afasia. "Podría haber una lesión -dijo-, pero es tan ínfima e imperceptible que ni yo me animo a llamarla así". Luego dijo que los estudios no eran concluyentes y mencionó la nitidez con que se advierten algunas equimosis en la corteza cerebral, a diferencia de la mía. Y agregó: "Probablemente sea una afasia transitoria". Cuando mi padre quiso indagar en el probablemente, el médico miró al techo y dijo: "Tampoco hay que descartar los factores psicológicos". De aquella entrevista aprendí más cosas: la palabra afasia, el uso de los adverbios relativos como probablemente, y que había una sustancia gelatinosa de Rolando que yo imaginaba un flan Ravana por donde crecía un tubérculo ceniciento llamado de Rolando también. Al tubérculo lo clasifiqué en la variedad de las papas. Pero ceniciento era un color médico.
Volvimos a casa en silencio. Durante el viaje en tren mi madre había llorado contra la ventanilla. Mi padre en cambio insultaba en voz baja y hablaba de hechiceros y cosas que yo no entendía. A la noche, cuando discutieron, fue menos claro: "Un psicólogo no me parece conveniente, son puro blef". Busqué blef por todos lados y no la encontré. Lo que más cercano me sonaba era el libro del Cordon Bleu, pero era de cocina. A la mañana, cuando le pregunté qué quería decir blef, me sacó el lápiz , tachó blef y escribió "bluff". Y agregó: "puro grupo, hijo, una mentira". Pero el criterio de mi madre se imponía por sobre cualquier juicio de mi padre.
domingo, marzo 04, 2007
sábado, febrero 10, 2007
John Fante y Karl Kraus
Hilvanes y costuras pifiados
En una vieja Selecciones del Reader's Digest volví a la buena escritura. Digo escritura por lectura; digo escritura, no literatura. Es decir, la errónea, imperfecta y anárquica mueca que el lenguaje le dedica a la letra escrita, a esa norma de la imprenta consagrada por terceros. Raro: leyendo ese relato perdido de John Fante, recordé frases sueltas y aforismos de Karl Kraus ("La palabra tiene un enemigo: la imprenta. Le es a la idea orgánico no resultar comprensible a un lector de hoy. Si tampoco es comprensible para un lector de mañana, tendrá la culpa una falsa manera de leer...) El relato de Fante tiene más de 50 años, una traducción improbable (no se consigna traductor, ¿hace falta?) y, para mejor, es una condensación que la propia revista ha hecho de Full of life, relato desconocido del creador de Bandini. Algo así como el resumen Lerú de una ficción inhallable en castellano. Bien lejos del canon. La otra falla virtuosa asoma desde el título: el Reader's Digest tradujo Full of life con el encanto de la época: Rebosante de vida. Vuelvo a Kraus: "...También habría que pensar que las erratas, cualesquiera sean, son molestias nada importantes que no impiden la información del lector. Ni agujerean el tema, ni quiebran la tendencia..." La versión de Selecciones tiene la precaria belleza de las costuras rápidas y comienza con un agujero también, pero nada metafórico: cuando John Fante, escritor y autor de guiones, encuentra que a las 9.27 de la mañana del 18 de marzo, su mujer, Emilia, ha caído en un agujero gigante que se ha abierto en la cocina de su casa en Hollywood. El inmenso hueco lo han abierto las termitas. Que son termitas y nada más que termitas, eso. El escritor llama a su padre, Nicolás, que vive en San Juan, localidad del Valle del Sacramento, para que intervenga a fin de arreglar el desastre. Nicolás es el mejor albañil de toda California. El padre llega, jamás arregla el agujero, pero construye una tan imponente como inútil chimenea a leña en el hogar de John y Emilia. Mientras leía, Kraus seguía filtrándose al bies en algunos pasajes ("no hay original, si es mejor la copia") y tenía la sensación de estar leyendo un genuino Fante, de segunda o tercera mano quiero decir, tan vertiginoso como el guionista a sueldo que supo ser. Por los remiendos y costuras respiraba el mejor JF, superior incluso al de Sueños de Bunker Hill, tan fallido como intenso. El relato autobiográfico no cuenta gran cosa. O sí, pero el lenguaje va construyendo a través de la sostenida acción lo que decimos pensamiento porque, como advierte Kraus, "el lenguaje es la madre del pensamiento": el vínculo padre-hijo, el embarazo de Emilia, la felicidad de las cosas mal construidas o defectuosas, como la propia escritura. Retomando a Kraus: "Las termitas son las palabras, lo tienen que devorar todo". No hay duda: esta doble mención amorosa a Fante y a Kraus es una falla, un capricho personal o, mejor, una impostación. Pero hay demasiados engendros que no funcionan. ¿Con los zurcidos pifiados empieza algo distinto?. Ojalá. ¿Se notan los hilvanes?. Mejor. Es un despropósito zurcir Fante con Kraus. Termino con éste último: "A veces doy importancia a que una palabra me interpele como una boca abierta; y pongo entonces dos puntos. Me harto luego de esa mueca, y vuelvo a cerrar con punto final".(El relato de Fante lo obtuve de Soledad Franco, quien lo recibió de su padre, quien lo recibió de su abuelo Gabriel, vulgata de vulgatas inmejorable)
En una vieja Selecciones del Reader's Digest volví a la buena escritura. Digo escritura por lectura; digo escritura, no literatura. Es decir, la errónea, imperfecta y anárquica mueca que el lenguaje le dedica a la letra escrita, a esa norma de la imprenta consagrada por terceros. Raro: leyendo ese relato perdido de John Fante, recordé frases sueltas y aforismos de Karl Kraus ("La palabra tiene un enemigo: la imprenta. Le es a la idea orgánico no resultar comprensible a un lector de hoy. Si tampoco es comprensible para un lector de mañana, tendrá la culpa una falsa manera de leer...) El relato de Fante tiene más de 50 años, una traducción improbable (no se consigna traductor, ¿hace falta?) y, para mejor, es una condensación que la propia revista ha hecho de Full of life, relato desconocido del creador de Bandini. Algo así como el resumen Lerú de una ficción inhallable en castellano. Bien lejos del canon. La otra falla virtuosa asoma desde el título: el Reader's Digest tradujo Full of life con el encanto de la época: Rebosante de vida. Vuelvo a Kraus: "...También habría que pensar que las erratas, cualesquiera sean, son molestias nada importantes que no impiden la información del lector. Ni agujerean el tema, ni quiebran la tendencia..." La versión de Selecciones tiene la precaria belleza de las costuras rápidas y comienza con un agujero también, pero nada metafórico: cuando John Fante, escritor y autor de guiones, encuentra que a las 9.27 de la mañana del 18 de marzo, su mujer, Emilia, ha caído en un agujero gigante que se ha abierto en la cocina de su casa en Hollywood. El inmenso hueco lo han abierto las termitas. Que son termitas y nada más que termitas, eso. El escritor llama a su padre, Nicolás, que vive en San Juan, localidad del Valle del Sacramento, para que intervenga a fin de arreglar el desastre. Nicolás es el mejor albañil de toda California. El padre llega, jamás arregla el agujero, pero construye una tan imponente como inútil chimenea a leña en el hogar de John y Emilia. Mientras leía, Kraus seguía filtrándose al bies en algunos pasajes ("no hay original, si es mejor la copia") y tenía la sensación de estar leyendo un genuino Fante, de segunda o tercera mano quiero decir, tan vertiginoso como el guionista a sueldo que supo ser. Por los remiendos y costuras respiraba el mejor JF, superior incluso al de Sueños de Bunker Hill, tan fallido como intenso. El relato autobiográfico no cuenta gran cosa. O sí, pero el lenguaje va construyendo a través de la sostenida acción lo que decimos pensamiento porque, como advierte Kraus, "el lenguaje es la madre del pensamiento": el vínculo padre-hijo, el embarazo de Emilia, la felicidad de las cosas mal construidas o defectuosas, como la propia escritura. Retomando a Kraus: "Las termitas son las palabras, lo tienen que devorar todo". No hay duda: esta doble mención amorosa a Fante y a Kraus es una falla, un capricho personal o, mejor, una impostación. Pero hay demasiados engendros que no funcionan. ¿Con los zurcidos pifiados empieza algo distinto?. Ojalá. ¿Se notan los hilvanes?. Mejor. Es un despropósito zurcir Fante con Kraus. Termino con éste último: "A veces doy importancia a que una palabra me interpele como una boca abierta; y pongo entonces dos puntos. Me harto luego de esa mueca, y vuelvo a cerrar con punto final".(El relato de Fante lo obtuve de Soledad Franco, quien lo recibió de su padre, quien lo recibió de su abuelo Gabriel, vulgata de vulgatas inmejorable)
Kosinski y los fractales
Una anécdota irracional de mi padre
Casi tres semanas antes de suicidarse, Jerzy Kosinski le envió en respuesta a mi padre una carta de página y media en la que rechazaba de plano su teoría de los fractales aplicada a algunos de sus libros. Mi padre era ingeniero matemático y devoto de los fractales ya que, según él, reproducían matemáticamente "las hermosas anomalías del universo con certidumbre específica". Mi padre hablaba inglés correctamente y algo de alemán, pero su pasión eran los números, los conjuntos y aquellos símbolos matemáticos que permitían establecer secuencias dentro del caos. Los fractales eran un verdadero pasatiempo para él. "Las nubes son fractales, las montañas, los ríos", repetía, como si con ello pudiera dar una versión mensurable a una noción tan compleja. Después de su muerte -la de mi padre-, me interesé por los fractales. Fue entonces cuando llegué a corregir el término. Yo hablaba de fractales como si fueran números. No lo eran. En realidad, la dimensión de un fractal no es un número entero sino un número generalmente irracional, algo así como un ente geométrico infinito. Un Monstruo, en una palabra, nacido de iteraciones de funciones complejas. Eso que se repite, pero idéntico a sí mismo. No llegué a interpretar gran cosa, apenas que la geometría fractal brinda descripciones matemáticas adecuadas para fenómenos naturales.Mi padre había leído con mucho esmero un par de obras de Kosinski, en especial Pasos y El pájaro pintado, y por un inmigrante polaco radicado primero en Argentina y luego en Estados Unidos, logró vincularse con el escritor nacido en Lodz. El amigo de mi padre y Kosinski eran vecinos, ambos vivían en Manhattan. El asunto fue que por intermedio de este hombre, mi padre mantuvo un breve intercambio epistolar con el autor de Desde el jardín, breve pero intenso, ya que fueron tres cartas las enviadas y tres las respondidas. Con mucha cordialidad, mi padre le expuso al escritor su excéntrica teoría: según él, tanto Pasos como El pájaro pintado reproducían de forma sutil y convincente la noción de los fractales; es decir, la de modelos infinitos comprimidos de alguna manera en un espacio finito. En la primera, mi padre le subrayaba pasajes de Pasos en los que el modelo "bellísimo y matemático" se condecía con la estructura narrativa de la obra, "fragmentada, es decir, fractal", según le hacía ver. De las tres enviadas, dos cartas, casi idénticas, alcancé a leer. Del novelista llegué a leer sólo la tercera y última. En la segunda, relativa a El pájaro pintado, mi padre le reiteraba su hallazgo con estas palabras: "Los episodios del personaje en medio de los horrores de la Guerra constituyen y se replican infinitamente en un espacio topológicamente definido". Luego le planteaba su criterio exponencial del término "Guerra"y se extendía sobre su concepción matemática del Monstruo y de la mención que la novela hace de Jerome Bosch (Hyeronimus Bosch), en cuyo tríptico de "El juicio final" el pintor le dedica un fragmento al Monstruo con un cesto. A continuación hacía hincapié en consideraciones específicas de los modelos en la dimensión de Hanssdorf-Besucovic. Jamás alcancé a leer las respuestas a esas dos primeras cartas, pero sí la última, fechada el 12 de abril, del escritor. En ella Kosinski hablaba de la geometría fractal y del empleo del modelo matemático para ser aplicado tanto a complicadas formas de la naturaleza como a cuestiones más complejas, incluso. Rechazaba de plano que sus libros tuvieran alguna aproximación a esa geometría, pero, como al pasar, mencionaba en cambio la noción del suicidio, insoluble a nivel filosófico, según decía, aunque quizá derivada de una iteración de funciones que "puede gozar de autosimilitud a cualquier escala". Fue una alusión que me llamó la atención. Jamás alcancé a leer la tercera carta de mi padre, ¿había hablado en ella del tema del suicidio? Me pareció raro. Unos pocos días después Jerzy Kosinski se suicidaba. Eso fue el 3 de mayo de 1991. Mi padre murió tres meses más tarde, acaso replicando o reproduciendo el modelo empleado por el escritor para alejarse de esta teoría de conjunto llamada mundo. Fue una duda que siempre me quedó.En aquellos años seguí leyendo a Kosinski. Busqué en otras obras suyas -El árbol del diablo, Cita a ciegas, Cockpit y Pinball (la más floja, sin duda)- similitudes con la probablemente descabellada teoría de mi padre. Nada. Tampoco las encontré en las novelas en las que él decía basar el modelo fractal. Acaso el Chance de Desde el jardín, trivializado de tantas maneras comparativas, se acercaba módicamente a la idea paterna: la del Monstruo que se replica infinitamente con sus limitaciones terrestres a través de la pantalla. Pero era un poco tirada de los pelos.Los conjuntos matemáticos, tanto como la impostación, fueron las otras grandes pasiones de Jerzy Kosinski. También el polo. Se había graduado en la facultad de Lodz cursando estudios en Física y Matemáticas. Muchas y contradictorias versiones han circulado acerca de su vida y de su obra. Algunas oscuras. Ninguna tan irracional como la de mi padre.
Casi tres semanas antes de suicidarse, Jerzy Kosinski le envió en respuesta a mi padre una carta de página y media en la que rechazaba de plano su teoría de los fractales aplicada a algunos de sus libros. Mi padre era ingeniero matemático y devoto de los fractales ya que, según él, reproducían matemáticamente "las hermosas anomalías del universo con certidumbre específica". Mi padre hablaba inglés correctamente y algo de alemán, pero su pasión eran los números, los conjuntos y aquellos símbolos matemáticos que permitían establecer secuencias dentro del caos. Los fractales eran un verdadero pasatiempo para él. "Las nubes son fractales, las montañas, los ríos", repetía, como si con ello pudiera dar una versión mensurable a una noción tan compleja. Después de su muerte -la de mi padre-, me interesé por los fractales. Fue entonces cuando llegué a corregir el término. Yo hablaba de fractales como si fueran números. No lo eran. En realidad, la dimensión de un fractal no es un número entero sino un número generalmente irracional, algo así como un ente geométrico infinito. Un Monstruo, en una palabra, nacido de iteraciones de funciones complejas. Eso que se repite, pero idéntico a sí mismo. No llegué a interpretar gran cosa, apenas que la geometría fractal brinda descripciones matemáticas adecuadas para fenómenos naturales.Mi padre había leído con mucho esmero un par de obras de Kosinski, en especial Pasos y El pájaro pintado, y por un inmigrante polaco radicado primero en Argentina y luego en Estados Unidos, logró vincularse con el escritor nacido en Lodz. El amigo de mi padre y Kosinski eran vecinos, ambos vivían en Manhattan. El asunto fue que por intermedio de este hombre, mi padre mantuvo un breve intercambio epistolar con el autor de Desde el jardín, breve pero intenso, ya que fueron tres cartas las enviadas y tres las respondidas. Con mucha cordialidad, mi padre le expuso al escritor su excéntrica teoría: según él, tanto Pasos como El pájaro pintado reproducían de forma sutil y convincente la noción de los fractales; es decir, la de modelos infinitos comprimidos de alguna manera en un espacio finito. En la primera, mi padre le subrayaba pasajes de Pasos en los que el modelo "bellísimo y matemático" se condecía con la estructura narrativa de la obra, "fragmentada, es decir, fractal", según le hacía ver. De las tres enviadas, dos cartas, casi idénticas, alcancé a leer. Del novelista llegué a leer sólo la tercera y última. En la segunda, relativa a El pájaro pintado, mi padre le reiteraba su hallazgo con estas palabras: "Los episodios del personaje en medio de los horrores de la Guerra constituyen y se replican infinitamente en un espacio topológicamente definido". Luego le planteaba su criterio exponencial del término "Guerra"y se extendía sobre su concepción matemática del Monstruo y de la mención que la novela hace de Jerome Bosch (Hyeronimus Bosch), en cuyo tríptico de "El juicio final" el pintor le dedica un fragmento al Monstruo con un cesto. A continuación hacía hincapié en consideraciones específicas de los modelos en la dimensión de Hanssdorf-Besucovic. Jamás alcancé a leer las respuestas a esas dos primeras cartas, pero sí la última, fechada el 12 de abril, del escritor. En ella Kosinski hablaba de la geometría fractal y del empleo del modelo matemático para ser aplicado tanto a complicadas formas de la naturaleza como a cuestiones más complejas, incluso. Rechazaba de plano que sus libros tuvieran alguna aproximación a esa geometría, pero, como al pasar, mencionaba en cambio la noción del suicidio, insoluble a nivel filosófico, según decía, aunque quizá derivada de una iteración de funciones que "puede gozar de autosimilitud a cualquier escala". Fue una alusión que me llamó la atención. Jamás alcancé a leer la tercera carta de mi padre, ¿había hablado en ella del tema del suicidio? Me pareció raro. Unos pocos días después Jerzy Kosinski se suicidaba. Eso fue el 3 de mayo de 1991. Mi padre murió tres meses más tarde, acaso replicando o reproduciendo el modelo empleado por el escritor para alejarse de esta teoría de conjunto llamada mundo. Fue una duda que siempre me quedó.En aquellos años seguí leyendo a Kosinski. Busqué en otras obras suyas -El árbol del diablo, Cita a ciegas, Cockpit y Pinball (la más floja, sin duda)- similitudes con la probablemente descabellada teoría de mi padre. Nada. Tampoco las encontré en las novelas en las que él decía basar el modelo fractal. Acaso el Chance de Desde el jardín, trivializado de tantas maneras comparativas, se acercaba módicamente a la idea paterna: la del Monstruo que se replica infinitamente con sus limitaciones terrestres a través de la pantalla. Pero era un poco tirada de los pelos.Los conjuntos matemáticos, tanto como la impostación, fueron las otras grandes pasiones de Jerzy Kosinski. También el polo. Se había graduado en la facultad de Lodz cursando estudios en Física y Matemáticas. Muchas y contradictorias versiones han circulado acerca de su vida y de su obra. Algunas oscuras. Ninguna tan irracional como la de mi padre.
El museo de los esfuerzos inútiles
A propósito de publicar, leer y trascender
En uno de sus más logrados textos, el poeta y ensayista mexicano Gabriel Zaid habla sobre Los demasiados libros. Con este sencillo título el escritor alude tanto a la inutilidad del libro como objeto de exhibición del saber (del enciclopedismo a los Círculos de Lectores), como al concepto libro en tanto ícono de prestigio cultural. Pero Zaid va un poco más allá. Se toma algunos tramos del ensayo para hablarnos de un hecho sintomático de estos tiempos: la pasión expositiva de muchos por convertirse en escritores antes que en lectores. Ecuación de la modernidad que expresa un desplazamiento histórico: de refugiarse en la lectura al muy actual encanto de mostrarse, ser leído. Se prefiere escribir cualquier cosa antes que la tarea y el placer intelectual de leer a otros. Zaid menciona de paso la falta de autocrítica por las cantidades desbordantes de títulos que aparecen en el mercado sin la más mínima exigencia de calidad. De todos modos, bien sabemos que ni es ardua ni es pasiva la lectura, sino algo peor e imperdonable en este mundo de hoy: anónima.Se trata de una inversión de términos, de un salto. ¿Cuantitativo o cualitativo? Muchas son las razones por las cuales parece preferible escribir a leer. Una de ellas, acaso la más extendida en el lugar común del inconsciente colectivo, nos advierte que no dejaremos huella de nuestro paso por estas tierras si antes no hemos convalidado el aserto estúpido de haber plantado un hijo, escrito un árbol, tenido un libro. No importan las cláusulas ni el orden: en cualquiera es imbécil. Zaid ve en esta tendencia de "los muchos libros para nada" un síntoma compulsivo de la época de la imagen: necesidad de figurar, ansiedad por el protagonismo, etc.Recientemente, en Barcelona, el crítico Diego Gándara me acercó vía mail un magistral sustituto expresivo acuñado por su mujer para estos publicadores sin juicio demasiado exigente: "los tala árboles", les llama ella. La industria editorial vuelca millones de toneladas anuales en papel de celulosa que, convertido en libro, finalmente los propios autores terminan distribuyendo o regalando entre amigos y conocidos. Productos que no han pasado por ningún filtro de selección editorial o de asesoría crítica pero que cumplen con el ominoso encanto de satisfacer el ego de sus autores. Tan sólo eso. En la imagen de la mujer de mi amigo la compulsión resulta directamente proporcional: "A más árboles talados, más vanidad".Hace ya muchos años Etiemble publicaba registros de la cantidad de libros que se editaban sólo en Francia y traducía esos números en árboles hachados. Las cifras eran estremecedoras. El libro del pensador luego hacía hincapié en la depredación que "en nombre de la cultura" se estaba llevando a cabo en todo el mundo. Libros, decía Etiemble, que en cuestión de pocos meses pasan al olvido. Mientras el planeta se degradaba, las cifras de la producción y del consumo cultural revelaban -y revelan- un creciente y a veces falaz optimismo. Suicidio feliz que expresa la altiva singularidad de la cultura libresca, aunque son detalles que casi nadie se ocupa en registrar. ¿Objeción? Etiemble hacía su objeción desde las páginas de un libro.Por evolución tecnológica y no por suerte, la computadora y los sistemas digitales han abierto un panorama alentador. Ya no es necesario papel para imprimir libros horribles, malos, innecesarios. Tampoco para imprimir los buenos, excelentes y necesarios. Aunque las áreas destinadas a la producción de papel son hoy por hoy producto de la reforestación y no de la tala indiscriminada, las variedades rápidas que se emplean en reforestar -bien que se sabe-, acidifican los suelos y lo degradan a ritmo vertiginoso. Igual o peor que desmontar. Claro que en contra del maravilloso soporte informático y de la impresión virtual aun persisten quienes se aferran al objeto libro con romántica nostalgia. Seres sensibles y posesivos, anclados en la peor expresión Gutenberg: "Al libro tengo que tocarlo". ¿Las ideas son inasibles? El sentido del tacto dice que no.En una inteligente nota de contratapa de "Perfil", semanas atrás Damián Tabarovsky mencionaba a quienes sueñan con la posteridad y terminan olvidados entre los anaqueles de perdidas librerías. "Los escritores sueñan con la posteridad, es casi un lugar común. Pero la posteridad es fantaseada como un éxito, una relectura masiva de su obra, una influencia decisiva sobre las siguientes generaciones (...)". La nota culminaba con aleccionadora ironía: mencionando ese instante mágico, eterno, en que se produce no tanto el hallazgo del objeto libro en un anaquel oscuro, sino cuando se establece el diálogo entre dos escritores que hablan de ese libro olvidado en el anaquel oscuro. Instante sublime y fugaz que dura lo que la conversación: cuando los escritores pasan a hablar de otro tema, el libro desaparece.Luis Chitarroni, en uno de los capítulos de su libro inédito Ejercicio de Incertidumbre, cita a propósito una experiencia personal. "Cada vez con mayor asiduidad debo fruncir el ceño -dice-, ante la abundancia de gente que presenta originales de novelas". Y se pregunta si ese ejercicio superfluo de posteridad no tendrá que ver con el género novelístico. Es lo que sugiere la tendencia: de la enorme cantidad de libros que se escriben, el género novela -acaso el más arduo por extensión y tiempo de escritura- parece ser el preferido. El concepto del marketing novelesco abriga los sueños de trascender de muchos. Suponen, con probada ignorancia, que una novela es más importante que un libro de cuentos o que un solo poema; que doscientas páginas son más valiosas que una imagen exacta, que un buen parlamento o que una acertada definición. La cantidad y el formato rigen los ideales estéticos de algunos, como si una conciencia del packaging, no de Zeno, obrara sobre su escritura. ¿Absurdo?. "Publique usted su libro". No importa qué, publique. También en cuotas se puede ingresar al mundo de las letras. Lo que no está mal.Hoy -decía el mexicano Gabriel Zaid en tono de burla- es más la gente que escribe que la gente que lee. El placer de la lectura ya ha dejado de ser placentero: todos quieren demostrar aptitud, casi nadie está dispuesto a recibir conocimiento. ¿Es tan ardua la lectura de un solo y buen libro o es que han cambiado los modos de leer? ¿O será sencillamente que el hábito de la lectura no promete fama ni éxito? En todo caso, ¿a quién le importa expandir o corregir la experiencia personal cuando el mundo, a la vuelta de la esquina, nos ofrece la autoría, salir del anonimato?Todos sabemos las diferencias: una cosa son los publicadores, otra los autores y una muy distinta los escritores. En un ensayo de Pamela Paul aparecido semanas atrás en el Book Review del NYT, la autora hacía referencia a "la creciente fragilidad de ego" de la mayoría de los escritores jóvenes, más pendientes del "qué dirán de mí" que del "cómo he escrito mi libro". Y, aparte de los libros, hacía alusión a los blogs como el medio más eficaz y tentador para caer en la trampa del yo. Como sea, caben más preguntas. O una última: ¿se leen entre sí los escritores o únicamente lo hacen cuando alguien, otro escritor o crítico acaso, ha escrito sobre ellos en algún medio? Parafraseando un título de Cristina Peri Rossi: en el museo de los esfuerzos inútiles la necesidad de figurar ocupa un espacio relevante, de privilegio. A los costados de ese inevitable museo, los pasillos con las bibliotecas de los libros que jamás leeremos. La entrada es libre.
En uno de sus más logrados textos, el poeta y ensayista mexicano Gabriel Zaid habla sobre Los demasiados libros. Con este sencillo título el escritor alude tanto a la inutilidad del libro como objeto de exhibición del saber (del enciclopedismo a los Círculos de Lectores), como al concepto libro en tanto ícono de prestigio cultural. Pero Zaid va un poco más allá. Se toma algunos tramos del ensayo para hablarnos de un hecho sintomático de estos tiempos: la pasión expositiva de muchos por convertirse en escritores antes que en lectores. Ecuación de la modernidad que expresa un desplazamiento histórico: de refugiarse en la lectura al muy actual encanto de mostrarse, ser leído. Se prefiere escribir cualquier cosa antes que la tarea y el placer intelectual de leer a otros. Zaid menciona de paso la falta de autocrítica por las cantidades desbordantes de títulos que aparecen en el mercado sin la más mínima exigencia de calidad. De todos modos, bien sabemos que ni es ardua ni es pasiva la lectura, sino algo peor e imperdonable en este mundo de hoy: anónima.Se trata de una inversión de términos, de un salto. ¿Cuantitativo o cualitativo? Muchas son las razones por las cuales parece preferible escribir a leer. Una de ellas, acaso la más extendida en el lugar común del inconsciente colectivo, nos advierte que no dejaremos huella de nuestro paso por estas tierras si antes no hemos convalidado el aserto estúpido de haber plantado un hijo, escrito un árbol, tenido un libro. No importan las cláusulas ni el orden: en cualquiera es imbécil. Zaid ve en esta tendencia de "los muchos libros para nada" un síntoma compulsivo de la época de la imagen: necesidad de figurar, ansiedad por el protagonismo, etc.Recientemente, en Barcelona, el crítico Diego Gándara me acercó vía mail un magistral sustituto expresivo acuñado por su mujer para estos publicadores sin juicio demasiado exigente: "los tala árboles", les llama ella. La industria editorial vuelca millones de toneladas anuales en papel de celulosa que, convertido en libro, finalmente los propios autores terminan distribuyendo o regalando entre amigos y conocidos. Productos que no han pasado por ningún filtro de selección editorial o de asesoría crítica pero que cumplen con el ominoso encanto de satisfacer el ego de sus autores. Tan sólo eso. En la imagen de la mujer de mi amigo la compulsión resulta directamente proporcional: "A más árboles talados, más vanidad".Hace ya muchos años Etiemble publicaba registros de la cantidad de libros que se editaban sólo en Francia y traducía esos números en árboles hachados. Las cifras eran estremecedoras. El libro del pensador luego hacía hincapié en la depredación que "en nombre de la cultura" se estaba llevando a cabo en todo el mundo. Libros, decía Etiemble, que en cuestión de pocos meses pasan al olvido. Mientras el planeta se degradaba, las cifras de la producción y del consumo cultural revelaban -y revelan- un creciente y a veces falaz optimismo. Suicidio feliz que expresa la altiva singularidad de la cultura libresca, aunque son detalles que casi nadie se ocupa en registrar. ¿Objeción? Etiemble hacía su objeción desde las páginas de un libro.Por evolución tecnológica y no por suerte, la computadora y los sistemas digitales han abierto un panorama alentador. Ya no es necesario papel para imprimir libros horribles, malos, innecesarios. Tampoco para imprimir los buenos, excelentes y necesarios. Aunque las áreas destinadas a la producción de papel son hoy por hoy producto de la reforestación y no de la tala indiscriminada, las variedades rápidas que se emplean en reforestar -bien que se sabe-, acidifican los suelos y lo degradan a ritmo vertiginoso. Igual o peor que desmontar. Claro que en contra del maravilloso soporte informático y de la impresión virtual aun persisten quienes se aferran al objeto libro con romántica nostalgia. Seres sensibles y posesivos, anclados en la peor expresión Gutenberg: "Al libro tengo que tocarlo". ¿Las ideas son inasibles? El sentido del tacto dice que no.En una inteligente nota de contratapa de "Perfil", semanas atrás Damián Tabarovsky mencionaba a quienes sueñan con la posteridad y terminan olvidados entre los anaqueles de perdidas librerías. "Los escritores sueñan con la posteridad, es casi un lugar común. Pero la posteridad es fantaseada como un éxito, una relectura masiva de su obra, una influencia decisiva sobre las siguientes generaciones (...)". La nota culminaba con aleccionadora ironía: mencionando ese instante mágico, eterno, en que se produce no tanto el hallazgo del objeto libro en un anaquel oscuro, sino cuando se establece el diálogo entre dos escritores que hablan de ese libro olvidado en el anaquel oscuro. Instante sublime y fugaz que dura lo que la conversación: cuando los escritores pasan a hablar de otro tema, el libro desaparece.Luis Chitarroni, en uno de los capítulos de su libro inédito Ejercicio de Incertidumbre, cita a propósito una experiencia personal. "Cada vez con mayor asiduidad debo fruncir el ceño -dice-, ante la abundancia de gente que presenta originales de novelas". Y se pregunta si ese ejercicio superfluo de posteridad no tendrá que ver con el género novelístico. Es lo que sugiere la tendencia: de la enorme cantidad de libros que se escriben, el género novela -acaso el más arduo por extensión y tiempo de escritura- parece ser el preferido. El concepto del marketing novelesco abriga los sueños de trascender de muchos. Suponen, con probada ignorancia, que una novela es más importante que un libro de cuentos o que un solo poema; que doscientas páginas son más valiosas que una imagen exacta, que un buen parlamento o que una acertada definición. La cantidad y el formato rigen los ideales estéticos de algunos, como si una conciencia del packaging, no de Zeno, obrara sobre su escritura. ¿Absurdo?. "Publique usted su libro". No importa qué, publique. También en cuotas se puede ingresar al mundo de las letras. Lo que no está mal.Hoy -decía el mexicano Gabriel Zaid en tono de burla- es más la gente que escribe que la gente que lee. El placer de la lectura ya ha dejado de ser placentero: todos quieren demostrar aptitud, casi nadie está dispuesto a recibir conocimiento. ¿Es tan ardua la lectura de un solo y buen libro o es que han cambiado los modos de leer? ¿O será sencillamente que el hábito de la lectura no promete fama ni éxito? En todo caso, ¿a quién le importa expandir o corregir la experiencia personal cuando el mundo, a la vuelta de la esquina, nos ofrece la autoría, salir del anonimato?Todos sabemos las diferencias: una cosa son los publicadores, otra los autores y una muy distinta los escritores. En un ensayo de Pamela Paul aparecido semanas atrás en el Book Review del NYT, la autora hacía referencia a "la creciente fragilidad de ego" de la mayoría de los escritores jóvenes, más pendientes del "qué dirán de mí" que del "cómo he escrito mi libro". Y, aparte de los libros, hacía alusión a los blogs como el medio más eficaz y tentador para caer en la trampa del yo. Como sea, caben más preguntas. O una última: ¿se leen entre sí los escritores o únicamente lo hacen cuando alguien, otro escritor o crítico acaso, ha escrito sobre ellos en algún medio? Parafraseando un título de Cristina Peri Rossi: en el museo de los esfuerzos inútiles la necesidad de figurar ocupa un espacio relevante, de privilegio. A los costados de ese inevitable museo, los pasillos con las bibliotecas de los libros que jamás leeremos. La entrada es libre.
Depresión en espejo de tinta
A propósito de Esa visible oscuridad, de William Styron (1925-2006)
Hace un par de días, mientras andaba por nacionapache, me asomé a la ventana que Piro había abierto sobre la depresión. A la tarde de ese mismo día me enteré que William Styron (1925-2006) había muerto en Martha's Vineyard. Hice el vínculo de inmediato: Esa visible oscuridad. Es el texto menos conocido y difundido del norteamericano, célebre por La decisión de Sophie, La larga marcha y, en menor medida, por Tendidos en la oscuridad y Pabellón especial. Sin embargo, cuando lo leí a comienzos de los noventa, me impactó doblemente. Primero porque lo había encontrado en la biblioteca que había sido de mi padre en una casa abandonada. Segundo porque mi padre lo había marcado en aquellos párrafos con los que él creía identificarse. La creencia es marca de parentesco. Como fuera, hacía apenas unos meses que yo me había reencontrado con él -después de casi dieciocho años de no saber nada de su existencia o inexistencia-, y pasados esos pocos meses, nueve o diez, él ya había vuelto a desaparecer. Entonces definitivamente. Cuando me avisaron que había muerto, sentí al revés: que ya tenía padre para siempre. Al tiempo me enteré que durante esos dieciocho años en blanco había padecido de depresión. No una, sino muchas veces, aunque el animal interior de la depresión es siempre el mismo. Vuelve o vive agazapado.Buscándolo entre los libros encontré Esa visible oscuridad, con sus marcas y anotaciones. Lo leí de un tirón. Lo seguí leyendo al cabo de los años, lo releo cada tanto. Es brevísimo. Styron lo escribió después de padecer una profunda depresión que se le despertó a mediados de los ochenta. Estaba en París cuando empezó a sentir los síntomas: certidumbre por la enfermedad y extrañeza por un recuerdo que volvía a hacérsele presente mientras caminaba frente a un edificio de fachada gris. Lo que refiere luego es la crónica de una agonía, la despiadada y lúcida descripción de la patología en sus detalles más ínfimos: temor, inseguridad, dependencia. De los insomnios iniciales a la disgregación, Styron traza un arco hacia la caída de lo que él llama "el vórtice del sufrimiento". Estuvo a un paso del suicidio. Así cuenta su experiencia:"La depresión que a mí me postró no fue del género maníaco -la acompañada de cúspides de euforia-, que con toda probabilidad se habría presentado en una época anterior de mi vida. Contaba sesenta años cuando la enfermedad me atacó por primera vez, en la forma unipolar, que lleva directamente al derrumbamiento. Jamás sabré lo que causó mi depresión, como nadie sabrá nunca nada acerca de la suya. Es probable que el llegar a saberlo resulte siempre una imposibilidad, tan complejos son los entremezclados factores de química anormal, comportamiento y genética. En suma, intervienen componentes múltiples -quizá tres o cuatro, muy probablemente más-, en insondables permutaciones. Por eso la mayor falacia en lo que respecta al suicidio está en la creencia de que hay una respuesta única inmediata -o tal vez respuestas combinadas- en cuanto a la causa de su perpetración. La inevitable pregunta de ¿por qué lo hizo? conduce por lo general a extrañas especulaciones, en su mayor parte falacias también".Este párrafo lo había marcado mi padre y, al costado, un signo de admiración. Otro que había subrayado dice así: "No cabe duda que cuando uno se aproxima a las penúltimas profundidades de la depresión -que es cuando se comienza a poner en obra el suicidio-, el intenso sentimiento de pérdida se relaciona con una clara noción de que la vida se escapa de las manos a paso acelerado". Esa visible oscuridad lleva por subtítulo "Memoria de la locura". El testimonio del escritor es tan despiadado como magistral. Pocos libros deben dar cuenta de la enfermedad con la percepción y sensiblidad con que lo hace éste. Styron no se suicidó, lo sabemos, pero entre los autores que menciona en el texto cita a Camus, para quien el suicidio es el único tema trascendente que la Filosofía jamás logró resolver. Una llave acompaña la siguiente frase del capítulo seis, y al lado dos signos de admiración: "Un fenómeno que ha observado cierto número de personas al pasar por estados de depresión profunda es la sensación de hallarse uno acompañado por un segundo yo: un observador fantasmal que, no comprendiendo la demencia de su doble, es capaz de mirar con desapasionada curiosidad mientras su compañero lucha contra el desastre que se le avecina o decide asumirlo".Dos días antes de morir, mi padre me llama por teléfono y después de algunas trivialidades se despide teatralmente, parafraseando el título de otro libro, uno que jamás encontré en aquella biblioteca: "Es la ceremonia del adiós", dice, y larga una carcajada.La verdad, nunca terminé de creerle: siempre fue un tipo demasiado irónico mi padre. El libro de Styron lo editó Grijalbo hace ya más de quince años. La colección es "El espejo de tinta".
Hace un par de días, mientras andaba por nacionapache, me asomé a la ventana que Piro había abierto sobre la depresión. A la tarde de ese mismo día me enteré que William Styron (1925-2006) había muerto en Martha's Vineyard. Hice el vínculo de inmediato: Esa visible oscuridad. Es el texto menos conocido y difundido del norteamericano, célebre por La decisión de Sophie, La larga marcha y, en menor medida, por Tendidos en la oscuridad y Pabellón especial. Sin embargo, cuando lo leí a comienzos de los noventa, me impactó doblemente. Primero porque lo había encontrado en la biblioteca que había sido de mi padre en una casa abandonada. Segundo porque mi padre lo había marcado en aquellos párrafos con los que él creía identificarse. La creencia es marca de parentesco. Como fuera, hacía apenas unos meses que yo me había reencontrado con él -después de casi dieciocho años de no saber nada de su existencia o inexistencia-, y pasados esos pocos meses, nueve o diez, él ya había vuelto a desaparecer. Entonces definitivamente. Cuando me avisaron que había muerto, sentí al revés: que ya tenía padre para siempre. Al tiempo me enteré que durante esos dieciocho años en blanco había padecido de depresión. No una, sino muchas veces, aunque el animal interior de la depresión es siempre el mismo. Vuelve o vive agazapado.Buscándolo entre los libros encontré Esa visible oscuridad, con sus marcas y anotaciones. Lo leí de un tirón. Lo seguí leyendo al cabo de los años, lo releo cada tanto. Es brevísimo. Styron lo escribió después de padecer una profunda depresión que se le despertó a mediados de los ochenta. Estaba en París cuando empezó a sentir los síntomas: certidumbre por la enfermedad y extrañeza por un recuerdo que volvía a hacérsele presente mientras caminaba frente a un edificio de fachada gris. Lo que refiere luego es la crónica de una agonía, la despiadada y lúcida descripción de la patología en sus detalles más ínfimos: temor, inseguridad, dependencia. De los insomnios iniciales a la disgregación, Styron traza un arco hacia la caída de lo que él llama "el vórtice del sufrimiento". Estuvo a un paso del suicidio. Así cuenta su experiencia:"La depresión que a mí me postró no fue del género maníaco -la acompañada de cúspides de euforia-, que con toda probabilidad se habría presentado en una época anterior de mi vida. Contaba sesenta años cuando la enfermedad me atacó por primera vez, en la forma unipolar, que lleva directamente al derrumbamiento. Jamás sabré lo que causó mi depresión, como nadie sabrá nunca nada acerca de la suya. Es probable que el llegar a saberlo resulte siempre una imposibilidad, tan complejos son los entremezclados factores de química anormal, comportamiento y genética. En suma, intervienen componentes múltiples -quizá tres o cuatro, muy probablemente más-, en insondables permutaciones. Por eso la mayor falacia en lo que respecta al suicidio está en la creencia de que hay una respuesta única inmediata -o tal vez respuestas combinadas- en cuanto a la causa de su perpetración. La inevitable pregunta de ¿por qué lo hizo? conduce por lo general a extrañas especulaciones, en su mayor parte falacias también".Este párrafo lo había marcado mi padre y, al costado, un signo de admiración. Otro que había subrayado dice así: "No cabe duda que cuando uno se aproxima a las penúltimas profundidades de la depresión -que es cuando se comienza a poner en obra el suicidio-, el intenso sentimiento de pérdida se relaciona con una clara noción de que la vida se escapa de las manos a paso acelerado". Esa visible oscuridad lleva por subtítulo "Memoria de la locura". El testimonio del escritor es tan despiadado como magistral. Pocos libros deben dar cuenta de la enfermedad con la percepción y sensiblidad con que lo hace éste. Styron no se suicidó, lo sabemos, pero entre los autores que menciona en el texto cita a Camus, para quien el suicidio es el único tema trascendente que la Filosofía jamás logró resolver. Una llave acompaña la siguiente frase del capítulo seis, y al lado dos signos de admiración: "Un fenómeno que ha observado cierto número de personas al pasar por estados de depresión profunda es la sensación de hallarse uno acompañado por un segundo yo: un observador fantasmal que, no comprendiendo la demencia de su doble, es capaz de mirar con desapasionada curiosidad mientras su compañero lucha contra el desastre que se le avecina o decide asumirlo".Dos días antes de morir, mi padre me llama por teléfono y después de algunas trivialidades se despide teatralmente, parafraseando el título de otro libro, uno que jamás encontré en aquella biblioteca: "Es la ceremonia del adiós", dice, y larga una carcajada.La verdad, nunca terminé de creerle: siempre fue un tipo demasiado irónico mi padre. El libro de Styron lo editó Grijalbo hace ya más de quince años. La colección es "El espejo de tinta".
Viejitas bomba
Muchos se asombraron con el caso de la mujer de 80 años que se ofreció en Gualeguaychú como abuela-bomba para interceder en el conflicto de las papeleras con el Uruguay. No es el primer caso. La historia de la humanidad registra varios episodios relacionados con la actividad de ancianas-bomba, la mayoría de ellos prácticamente desconocidos. El primero del que se tienen algunos antecedentes es el de Anna Van Oreth, de 78, que se inmoló durante la guerra anglo-boer al pie del monumento a la Confraternidad en Church Square, Pretoria. Van Oreth era de Egoli (Ciudad del oro), hoy Johannesburgo, y su acción tuvo como objeto llamar la atención de las autoridades por el comercio ilegal de oro y la trata de blancas que tenía lugar en el puerto de Vredenburg-Saldanha. Con esos dineros se financiaba el militarismo creciente y la guerra que entonces desangraba al país. Anna Van Oreth se suicidó haciendo explotar varias cargas de dinamita cosidas a su falda. Hoy una pequeña placa en Church Square recuerda a la dinamitera con la leyenda: "Por la paz". En sus memorias, Alfred Nobel le rinde tributo.Otra de las ancianas que se hizo volar por entero fue Mèlitova Ajmárina, anciana estonia de 86 que llevó a cabo su cometido en disidencia con el "gobierno-títere" de su país ante las exigencias y restricciones que imponían a la población los representantes del gobierno sueco en Tallinn, la capital de Estonia. Mèlitova se estrelló contra la sede parlamentaria de la ciudad de Pärnu en un accidente que costó la vida de 4 personas. Al igual que Anna Van Oreth, la octogenaria también empleó dinamita, pero Nobel -probablemente por desconocimiento, no por desinterés- nunca la consignó en sus memorias. En Pärnu, la "ciudad amable" de Estonia, una de sus principales avenidas hoy lleva su nombre.La actividad de las abuelas-bomba casi no ha sido tenido en cuenta por sus semejantes, a no ser por las volátiles crónicas policiales de la época. Y aún, pese a ello, pronto han pasado al olvido. Incluso en sus respectivos países de acción ¿Por qué? Acaso por lo avanzado de su edad, quizá por prejuicio, ignorancia, o tal vez porque muchos consideran que inmolarse a una determinada altura de la vida no es tanto un hecho heroico o de entrega, sino un acto de lisa y pura senilidad. Nada más erróneo ni tendencioso. En Tirana, capital de Albania, Zelma Tolek, con 96 años, se convirtió en antorcha humana frente a un nutrido grupo de turistas japoneses en abril del 94 para protestar contra los últimos resabios del sistema comunista en su país. Zelma se roció con fueloil en la bella plaza Skandenber y al sofocado grito de "Albania libre" se prendió fuego abrazada al monolito fundacional de Tirana. Tardó en consumirse por el combustible empleado, pero en la ciudad de Vöre, en el distrito central del país, de donde Zelma Torek era oriunda, hoy su ejemplo es recordado a cien metros de la Torre del Reloj con una leyenda que reza: "Z.T., al calor de la libertad". Sus últimas contorsiones fueron captadas por las Minolta de los turistas japoneses.No son los únicos casos conocidos. Una gran variedad de viejas-bomba, en lugar de tejer mañanitas o de adormilarse frente a la televisión, ha optado por entregarse a la causa autoexplosiva con total esmero y dedicación. Muchas, por la edad, han fallado a último momento. Eso es sabido. O han demorado el trámite o se les ha confundido el color de los cables o, es comprensible, por el temblor no han podido activar el detonante. Cosas de la edad. En nuestro país, por cierto, casi no hay antecedentes. Casi, porque si uno rasca un poco enseguida llega la duda: ¿no hubo un jubilado allá por los noventa que protestó por sus condiciones de vida ahorcándose a la vista de todos? ¿En una plaza? ¿Y fue uno o más de uno? La memoria falla cuando se aplica a la tercera edad. De todos modos, nadie o muy pocos los recuerdan. Son casos aislados. Senilidad, por supuesto. Es lo que pasa con los más viejos. Como sea, dicen que la vocación bomba en el sector pasivo de nuestro país está cayendo en desuso. Mejor. Nadie quiere eso para los abuelos. Para peor, Pami jamás llegaría a cubrir los gastos.
Fenomenito
Dieciséis años después de su muerte, la obra del cubano Reinaldo Arenas continúa creciendo en prestigio. Recientemente, el director cinematográfico Manuel Zayas realizó "Seres extravagantes", un documental sobre la vida del escritor tomando como eje del film la voz del propio Arenas. "Mi nombre es Reinaldo Arenas. La primera novela que yo escribí se llama Celestino antes del alba..." Así comienza esta biografía fílmica del creador de El mundo alucinante, Antes que anochezca, El palacio de las blanquísimas mofetas, Otra vez el mar, El color del verano, El portero, acaso su obra menos conocida, y otras. Hay aspectos difundidos de la vida del escritor que la película retoma con el agregado de nuevos testimonios, como cuando tuvo que huir de Cuba como un "marielito" o cuando fue encarcelado por el régimen castrista en "El Morro" por sus ilícitas "actividades inmorales y contrarrevolucionarias" . En el documental lo recuerda su tío, Carlos Fuentes, homónimo del hollywoodense aunque campesino él, un hombre sencillo que frente a cámara admite que su sobrino "siempre tuvo inclinación sexual distinta". Fuentes señala también que "Reinaldo ya de chiquito tenía la costumbre de escribir en los árboles, ésa era una manía en él" (muestra un árbol, pero desde la lectura se pueden ver todavía las marcas en Celestino antes del alba, también las hachas en abismo tumbando esos mismos árboles), aunque su gran búsqueda fue la de su padre. "Un hombre apuesto, alto, trigueño", a quien Reinaldo sólo vio una vez en su vida y a quien finalmente localizan en la película. La madre del escritor, Oneida Fuentes, brinda por cierto un testimonio tan sincero como parcial al confesar: "Yo nunca lo comprendí a él ni él logró comprenderme a mí", y añade: "En la familia no hay nadie que haya leído sus libros, no les gustan sus libros, no es lo que ellos esperaban que escribiera". Según la mujer su hijo llevó una vida muy amargada y "no fue capaz de entender la revolución, que lo ayudó mucho". La ayuda que le brindó la revolución fue encarcelarlo por su orientación sexual, instándolo a "reeducarse moralmente" y obligándolo a convertirse, como ha dicho Arenas en más de una oportunidad, en "una no persona".El documental nos recuerda la inicial adhesión del novelista a la causa revolucionaria y su casi inmediato desengaño. Reproduce en este sentido un discurso de Castro en el que habla de "cierto fenomenito extraño que se está dando en La Habana, sus protagonistas son elementos que atentan contra la obra del pueblo ya que hacen ostentación de sus desvergüenzas y son seres extravagantes...Que no digan luego que no estaban advertidos". La amonestación en tono de amenaza le sirve a Zayas para titular el film. Algunos de estos "extravagantes" participan en la película, como los escritores Antón Arrufat y Delfín Prats. Una intervención final de Prats, señala: "Para Oneida, la madre de Reinaldo, fue más duro leer su autobiografía que recibir la noticia de su muerte". En Antes que anochezca, por cierto, mejor que las anécdotas se leen el dolor filial y la segregación sexual que Arenas padeció toda su vida. Lo más significativo es que ambas cicatrices responden a una misma herida.Cuando Arenas fue expulsado de Cuba llegó a Miami. El régimen se liberaba de un grueso contingente de indeseables. Sus vínculos, sin embargo, estaban en Caracas. Por ese entonces La editorial Monte Avila, orientada por Juan Liscano, le publicaba alguno de sus textos, entre ellos el muy transparente y anárquico Celestino antes del alba. El sello también le brindaba ayuda económica. Arenas escribía febrilmente, en una letra caótica y desmembrada. En una de sus tantas cartas (hoy conservadas y fechadas en Princeton), dice: "Son tantas mis furias, que a veces se me vuelven en contra, son tantas mis furias que tengo que desplegarlas". El ímpetu para la bronca fue otro de sus acompañantes. Con sus inclinaciones sexuales el progresismo moralizante hizo una leyenda: la palabra políticamente correcta con la que lo designo fue "promiscuo". De Miami, Arenas fue a Nueva York, donde terminó sus días, suicidándose en 1990. En El portero retrata a modo de fábula sus sentimientos y rechazos hacia la gran ciudad. Algunos de los habitantes de ese edificio donde Juan, el cubano exiliado, hace de portero, sintetizan sus rechazos: cafiolos impotentes, seudo científicos, propagandistas marxistas desde las comodidades del capitalismo, etc. La fábula -suerte de revolución en la granja-, la encarnan los animales. Son las mascotas las que llevan la voz contante de la novela. Hay sin embargo una obra en la que Reinaldo Arenas depositó enorme intensidad y ternura, Arturo, la estrella más brillante (Montesinos) nouvelle prácticamente no distribuida en nuestro país en la que desde los elefantes regios a los que apela en sus primeros movimientos hasta las últimas imágenes, traza la parábola de la escritura y el lenguaje trópico para ahuyentar los temores y encierros en una prisión que convierte la promiscuidad sexual en cláusula liberadora. Es uno de los libros más bellos de Arenas, uno de los más sentidos de este "fenomenito" que brilló y pasó fugazmente entre nosotros. Había nacido en Holguín, Cuba, en 1943.
La memoria nos vuelve pasión
Las cosas verdaderas no se suelen recordar hasta que han pasado varios años. "Transcurren varias décadas hasta que pasamos por una habitación a oscuras donde alguien murió, y entonces oímos el sonido del mar, las palabras de antaño". ¿Cuánto ha pasado desde que el capitán se marchó de ese coto de caza y castillo en Hungría, al pie de los Cárpatos, para volver a oír las palabras de antaño? Relativamente poco para la reacción del recuerdo del general, su ex amigo: cuarenta y un años y cuarenta y tres días. ¿Y qué los reúne después de ese espacio de tiempo? El sesgado recuerdo de una mujer, Krisztina, y el nunca emancipado enigma de una traición amorosa atravesado por un crimen que jamás se cometió.
Dos hombres -el general en su castillo, el capitán que regresa del extremo Oriente a ese castillo- se reencuentran en el escenario verbal de lo que fue un vínculo amoroso, Krisztina, para evocar palabras y las claves de una relación en sombras. El engaño y la duda lo mueven al general; el desarraigo y la convicción, en cambio, animan al capitán para volver a esa escena de caza que en mil ochocientos noventa y nueve no se produjo. ¿Quién debía matar a quién por amor? El capitán al general. Pero la presa siguió viva y ahora, cazador y presunta víctima engañada, se vuelven a encontrar en un duelo de confesiones cuya recompensa es existencial. Krisztina ya ha muerto y los dos hombres, en este último encuentro, libran la batalla coloquial de un instinto, un secreto, y, por cierto, ninguna posesión. ¿Hace falta? Más que Krisztina, el sentido último de sus vidas cobra relieve gracias a nombrarla en términos de una pasión. O de un fervor de memoriosos. Ese fervor puede ser un nombre femenino, un amor casi olvidado, o un instinto último y decisivo para la sobrevivencia. "No conocías esa extraña pasión, la más secreta de todas las pasiones de la vida de un hombre, la que se esconde más allá de los papeles, disfraces y enseñanzas en los nervios de cada hombre, en lo más recóndito, como se esconde el fuego eterno en las profundidades de la tierra. Es la pasión por matar. Somos humanos, para nosotros es ley de vida el matar. No podemos evitarlo...Matamos para defender, matamos para conseguir, matamos para vengarnos...¿Te ríes? ¿Te ríes con desprecio?...¿Te has convertido en un artista y se han refinado en tu alma todos estos instintos bajos y brutales?...¿Crees que nunca has matado a ningún ser vivo? No estés tan seguro (...)"
Cuarenta y un años y cuarenta y tres días atrás, quien habla, el general, estuvo bajo la mira del arma del capitán, amante de Krisztina, mujer del general. Por qué no disparó es parte del enigma que acucia al hombre para reunirse en una última cena con su ex amigo y rival. La otra parte del enigma, el secreto que se devela en los últimos tramos de la novela, es la misma evidencia del secreto: de haberse producido el disparo, no hubiera existido tal pasión. ¿Pero qué es lo que anima a toda pasión? Antes que nada, lo no formulado, el misterio. No una mujer o un hombre, no Krisztina en este caso, ni siquiera una voluntad o una convicción: el deseo, ese misterio irrefrenable, es lo que finalmente nos mantiene vivos, en estado de alerta y espera. Como en la ceremonia de una "cacería a la aguada", los rivales se han estado esperando y acechando durante más de cuarenta años para emboscarse en la ronda final de diálogos que estructuran la historia. El final provoca en el mundo concreto de ese castillo en decadencia al pie de los Cárpatos un único e imperceptible movimiento: volver un cuadro a su lugar. El general da la orden. Nini, la nodriza, obedece. "Ya no tiene ninguna importancia", dice el general. No hace falta saber de quién es ese cuadro.
Sándor Márai (1900-1989) nació en Kassa (ex Hungría, hoy Eslovaquia) y murió en San Diego, en los Estados Unidos. Vivió un tiempo breve en Alemania y Francia y en 1948, con la llegada del comunismo a su país, se radicó definitivamente en los Estados Unidos. Su obra estuvo prohibida en Hungría durante décadas. Eso hasta que a un sello editor italiano, Adelphi, casi cincuenta años después se le ocurre volver a colgar un cuadro en su lugar: fin del secreto, aunque póstumo. En Italia El último encuentro trepó a las listas de más vendidos y Márai fue reconsiderado mundialmente. Si la busca de la verdad es la causa eficiente de esta historia, mucho más lo es el pacto con el lenguaje, que hace que estos dos hombres se despidan con un apretón de manos después de haber dirimido palabras, frases, conceptos y vacíos de información acerca de un crucial instante en sus vidas. En la obra de Márai, los sucesos desconcertantes del pasado son motivo para que la memoria, principio y final, ejerza su tracción existencial. Sólo así se dimensiona, recuperando. Como si el presente fuera, antes que otra cosa, un eterno espacio sin olvido. Es aquí, sólo aquí, donde el pasado se dirime y se torna expresión. Pueden ser nimios esos sucesos, pero trascienden y se acrecientan en la estación del demorado reencuentro final. Algo similar ocurre en La herencia de Eszter y en La mujer justa. No son los triángulos amorosos del húngaro planteos emocionales sino, en todo caso, esquemas argumentales propicios para que diferentes versiones confronten. Nada más. En El último encuentro no demasiado ocurre después de la confrontación. O sí: el misterio de una pasión se ha consumido, como una señal, como un gesto mínimo sobre la frente del anciano. Ya no queda pasado, difícil proseguir.
La precisión es la riqueza idiomática de Márai, exquisitamente contenido y perturbador, probando, como buen narrador, que puede herir y revelar con lo justo, sin esfuerzos estilísticos, descubriendo los pormenores que entraman y dan sentido a una historia. "El lenguaje peculiar y simbólico de la vida nos habla de mil maneras distintas, todo sucede para llamar nuestra atención, lo único que falta es comprender cada señal y cada imagen", dice el general. Márai lo hace, es un descifrador avezado. Aunque se imponga la tarea con cierto énfasis grave, de afectación.
Dos hombres -el general en su castillo, el capitán que regresa del extremo Oriente a ese castillo- se reencuentran en el escenario verbal de lo que fue un vínculo amoroso, Krisztina, para evocar palabras y las claves de una relación en sombras. El engaño y la duda lo mueven al general; el desarraigo y la convicción, en cambio, animan al capitán para volver a esa escena de caza que en mil ochocientos noventa y nueve no se produjo. ¿Quién debía matar a quién por amor? El capitán al general. Pero la presa siguió viva y ahora, cazador y presunta víctima engañada, se vuelven a encontrar en un duelo de confesiones cuya recompensa es existencial. Krisztina ya ha muerto y los dos hombres, en este último encuentro, libran la batalla coloquial de un instinto, un secreto, y, por cierto, ninguna posesión. ¿Hace falta? Más que Krisztina, el sentido último de sus vidas cobra relieve gracias a nombrarla en términos de una pasión. O de un fervor de memoriosos. Ese fervor puede ser un nombre femenino, un amor casi olvidado, o un instinto último y decisivo para la sobrevivencia. "No conocías esa extraña pasión, la más secreta de todas las pasiones de la vida de un hombre, la que se esconde más allá de los papeles, disfraces y enseñanzas en los nervios de cada hombre, en lo más recóndito, como se esconde el fuego eterno en las profundidades de la tierra. Es la pasión por matar. Somos humanos, para nosotros es ley de vida el matar. No podemos evitarlo...Matamos para defender, matamos para conseguir, matamos para vengarnos...¿Te ríes? ¿Te ríes con desprecio?...¿Te has convertido en un artista y se han refinado en tu alma todos estos instintos bajos y brutales?...¿Crees que nunca has matado a ningún ser vivo? No estés tan seguro (...)"
Cuarenta y un años y cuarenta y tres días atrás, quien habla, el general, estuvo bajo la mira del arma del capitán, amante de Krisztina, mujer del general. Por qué no disparó es parte del enigma que acucia al hombre para reunirse en una última cena con su ex amigo y rival. La otra parte del enigma, el secreto que se devela en los últimos tramos de la novela, es la misma evidencia del secreto: de haberse producido el disparo, no hubiera existido tal pasión. ¿Pero qué es lo que anima a toda pasión? Antes que nada, lo no formulado, el misterio. No una mujer o un hombre, no Krisztina en este caso, ni siquiera una voluntad o una convicción: el deseo, ese misterio irrefrenable, es lo que finalmente nos mantiene vivos, en estado de alerta y espera. Como en la ceremonia de una "cacería a la aguada", los rivales se han estado esperando y acechando durante más de cuarenta años para emboscarse en la ronda final de diálogos que estructuran la historia. El final provoca en el mundo concreto de ese castillo en decadencia al pie de los Cárpatos un único e imperceptible movimiento: volver un cuadro a su lugar. El general da la orden. Nini, la nodriza, obedece. "Ya no tiene ninguna importancia", dice el general. No hace falta saber de quién es ese cuadro.
Sándor Márai (1900-1989) nació en Kassa (ex Hungría, hoy Eslovaquia) y murió en San Diego, en los Estados Unidos. Vivió un tiempo breve en Alemania y Francia y en 1948, con la llegada del comunismo a su país, se radicó definitivamente en los Estados Unidos. Su obra estuvo prohibida en Hungría durante décadas. Eso hasta que a un sello editor italiano, Adelphi, casi cincuenta años después se le ocurre volver a colgar un cuadro en su lugar: fin del secreto, aunque póstumo. En Italia El último encuentro trepó a las listas de más vendidos y Márai fue reconsiderado mundialmente. Si la busca de la verdad es la causa eficiente de esta historia, mucho más lo es el pacto con el lenguaje, que hace que estos dos hombres se despidan con un apretón de manos después de haber dirimido palabras, frases, conceptos y vacíos de información acerca de un crucial instante en sus vidas. En la obra de Márai, los sucesos desconcertantes del pasado son motivo para que la memoria, principio y final, ejerza su tracción existencial. Sólo así se dimensiona, recuperando. Como si el presente fuera, antes que otra cosa, un eterno espacio sin olvido. Es aquí, sólo aquí, donde el pasado se dirime y se torna expresión. Pueden ser nimios esos sucesos, pero trascienden y se acrecientan en la estación del demorado reencuentro final. Algo similar ocurre en La herencia de Eszter y en La mujer justa. No son los triángulos amorosos del húngaro planteos emocionales sino, en todo caso, esquemas argumentales propicios para que diferentes versiones confronten. Nada más. En El último encuentro no demasiado ocurre después de la confrontación. O sí: el misterio de una pasión se ha consumido, como una señal, como un gesto mínimo sobre la frente del anciano. Ya no queda pasado, difícil proseguir.
La precisión es la riqueza idiomática de Márai, exquisitamente contenido y perturbador, probando, como buen narrador, que puede herir y revelar con lo justo, sin esfuerzos estilísticos, descubriendo los pormenores que entraman y dan sentido a una historia. "El lenguaje peculiar y simbólico de la vida nos habla de mil maneras distintas, todo sucede para llamar nuestra atención, lo único que falta es comprender cada señal y cada imagen", dice el general. Márai lo hace, es un descifrador avezado. Aunque se imponga la tarea con cierto énfasis grave, de afectación.
lunes, enero 22, 2007
Simulacros de Cultura
Nota de Fernando Molle aparecida en Eñe (Clarín)
Potente e irónica, Cultura, de Gabriel Báñez, es una historia donde los funcionarios utilizan su puesto como una coartada para figurar, malversar y atornillarse a su puesto. Cultura es una novela que retrata con temible comicidad el mundo de la burocracia cultural. Cultura tiene un protagonista: los dos se llaman Ibáñez, pequeño funcionario, escritor de cabotaje y editor municipal: "Por aquellos días tanto él como yo veníamos en franco descenso, con la oscura certeza de ya no tener nada que esperar y con la secreta convicción del fracaso en la pista. Ni él había logrado mucho como escritor y editor, ni yo había logrado mucho como escritor y editor".
Cultura es también la historia de una guerra entre funcionarios culturales, una caterva desopilante de pequeñas miserias humanas. "La Cultura", aquí, es una coartada para figurar, malversar, atornillarse al puestito. Es una función, una actividad de y para funcionarios y, sobre todo, un código. Rebajada a una jerguita miserable, los ingredientes de "La Cultura" son: un poco de chamuyo marketinero, algo de corrección "educacional" y una pizca de la psicología conductista más ramplona. Lo demás son estrategias, serruchadas de piso, reagrupamientos y trapisondas. Dice un funcionario: "Nos van a cortar la cabeza, Ibáñez, hay que organizar algo (...) Cualquier cosa, lo que sea, algo que tenga que ver con la cultura..."
La novela, en las anotaciones del alter ego del autor, opone posmodernidad a autenticidad. Se es uno en el ámbito de la realidad laboral, y otro en el de los excluidos que mantienen sus convicciones. La "locura", la escisión de Ibáñez, sería la única forma de salvaguardar algún resquicio de dignidad. Como si el signo de los tiempos posmodernos y globalizados habilitara casi exclusivamente para el cinismo, el oportunismo, el simulacro y la oligofrenia. Idea esta última de trazo grueso y por demás subrayada a lo largo de todo el relato.
Aún bajo el peso de estos supuestos un poco simplistas (a menos que se los imputemos al pobre Ibáñez), Cultura es una novela potente, que tiene algo para decir y que lo dice con un muy experimentado manejo de los planos narrativos. Escenas enloquecidas de un relato astillado -apuntes de un medicado-, y un circo ambulante de funcionarios bufos. Como Arcángeles Cepeda -la Gorda Globalizada-, insufrible mandamás municipal, para quien todo era "dinámico, integrador y movilizante"; la orgánica Poetisa Madre, versificadora vitalicia del municipio; el temperamental Rupestre Pérez Gil, artista plástico regresado del exilio, fundador del MUCLACO, Museo Clasista Contemporáneo, y el Anarquista Estatal, activista de escritorio. Las instituciones que los agrupan tienen el peso específico de un sello de goma y remiten a siglas risibles: "La batalla cultural quedó reducida entonces a las siguientes siglas. Por un lado el MUPIPA junto a la COMAPLA, la PIA y la ACAMUMU; por el otro, el MUCLACO en alianza con el MOGUTU y la SAE".
Gabriel Báñez, autor de Virgen, Paredón paredón y otras novelas que no conocieron aún demasiada circulación, muerde fhasta el hueso de un micromundo no muy transitado en la narrativa reciente. Con algunas excepciones: En otro orden de cosas,. de Fogwill -que casi nadie leyó y es una de las mejores novelas argentinas de esta década-, explora este tema, si bien de modo tangencial. Siguiendo con Fogwill (otra de sus novelas es Vivir afuera) y volviendo a Báñez, ¿es posible "vivir afuera" de los simulacros de "La Cultura"? El sufrido Ibáñez, en el amargo final, parece responder que no.
Potente e irónica, Cultura, de Gabriel Báñez, es una historia donde los funcionarios utilizan su puesto como una coartada para figurar, malversar y atornillarse a su puesto. Cultura es una novela que retrata con temible comicidad el mundo de la burocracia cultural. Cultura tiene un protagonista: los dos se llaman Ibáñez, pequeño funcionario, escritor de cabotaje y editor municipal: "Por aquellos días tanto él como yo veníamos en franco descenso, con la oscura certeza de ya no tener nada que esperar y con la secreta convicción del fracaso en la pista. Ni él había logrado mucho como escritor y editor, ni yo había logrado mucho como escritor y editor".
Cultura es también la historia de una guerra entre funcionarios culturales, una caterva desopilante de pequeñas miserias humanas. "La Cultura", aquí, es una coartada para figurar, malversar, atornillarse al puestito. Es una función, una actividad de y para funcionarios y, sobre todo, un código. Rebajada a una jerguita miserable, los ingredientes de "La Cultura" son: un poco de chamuyo marketinero, algo de corrección "educacional" y una pizca de la psicología conductista más ramplona. Lo demás son estrategias, serruchadas de piso, reagrupamientos y trapisondas. Dice un funcionario: "Nos van a cortar la cabeza, Ibáñez, hay que organizar algo (...) Cualquier cosa, lo que sea, algo que tenga que ver con la cultura..."
La novela, en las anotaciones del alter ego del autor, opone posmodernidad a autenticidad. Se es uno en el ámbito de la realidad laboral, y otro en el de los excluidos que mantienen sus convicciones. La "locura", la escisión de Ibáñez, sería la única forma de salvaguardar algún resquicio de dignidad. Como si el signo de los tiempos posmodernos y globalizados habilitara casi exclusivamente para el cinismo, el oportunismo, el simulacro y la oligofrenia. Idea esta última de trazo grueso y por demás subrayada a lo largo de todo el relato.
Aún bajo el peso de estos supuestos un poco simplistas (a menos que se los imputemos al pobre Ibáñez), Cultura es una novela potente, que tiene algo para decir y que lo dice con un muy experimentado manejo de los planos narrativos. Escenas enloquecidas de un relato astillado -apuntes de un medicado-, y un circo ambulante de funcionarios bufos. Como Arcángeles Cepeda -la Gorda Globalizada-, insufrible mandamás municipal, para quien todo era "dinámico, integrador y movilizante"; la orgánica Poetisa Madre, versificadora vitalicia del municipio; el temperamental Rupestre Pérez Gil, artista plástico regresado del exilio, fundador del MUCLACO, Museo Clasista Contemporáneo, y el Anarquista Estatal, activista de escritorio. Las instituciones que los agrupan tienen el peso específico de un sello de goma y remiten a siglas risibles: "La batalla cultural quedó reducida entonces a las siguientes siglas. Por un lado el MUPIPA junto a la COMAPLA, la PIA y la ACAMUMU; por el otro, el MUCLACO en alianza con el MOGUTU y la SAE".
Gabriel Báñez, autor de Virgen, Paredón paredón y otras novelas que no conocieron aún demasiada circulación, muerde fhasta el hueso de un micromundo no muy transitado en la narrativa reciente. Con algunas excepciones: En otro orden de cosas,. de Fogwill -que casi nadie leyó y es una de las mejores novelas argentinas de esta década-, explora este tema, si bien de modo tangencial. Siguiendo con Fogwill (otra de sus novelas es Vivir afuera) y volviendo a Báñez, ¿es posible "vivir afuera" de los simulacros de "La Cultura"? El sufrido Ibáñez, en el amargo final, parece responder que no.
domingo, enero 07, 2007
Enfiestadas
Aportes científicos para una patología de origen viral
Acaba de ser distribuido en nuestro medio un texto de indudable rigor científico que aporta nuevos elementos de juicio y valor para la comprensión de un tema espinoso, sin duda tan polémico como permanentemente menoscabado: la infidelidad femenina. El libro pertenece al género divulgación y lleva por título Paradigmas y pulsiones en la mujer enfiestada. Su autor es el psiquiatra e investigador Murney Cáceres, quien lo elaboró luego de meses de trabajo apoyándose en los descubrimientos de laboratorio que hace un par de años se efectuaron en la Universidad de Maryland sobre el comportamiento del agente LP-S-14, más conocido como "virus de la enfiestada". En el libro, Murney Cáceres no sólo efectúa una minuciosa descripción del citado virus sino que incluye un anexo con los últimos avances de la comunidad científica en la materia así como testimonios de mujeres afectadas viralmente, fruto de un trabajo de campo llevado a cabo durante el año 2005 en ciudad de Panamá, de donde el profesional es oriundo.
Una de las primeras cuestiones que llaman la atención del virus LP-S-14 son sus características bioquímicas de comportamiento. "El virus de la enfiestada -señala Cáceres-, puede permanecer aletargado durante años, generando en la portadora la inequívoca convicción de que su sistema inmunológico lo ha rechazado. Nada más falso -subraya el autor-, el LP-S-14 posee en sus enzimas un productor molecular activo conocido como RTF (uno de los cientos de supresores neuronales que se encuentran en la región límbica de la corteza cerebral), cuya misión a nivel sináptico es crear la llamada inversión conductual de la afectada. En un rango de estima social -aclara-, a las mujeres que alojan el LP-S-14 en su organismo se las exalta atributivamente con un sinnúmero de virtudes y bondades, lo que es tan erróneo como comprensible: al incidir sobre la actividad neuronal de sus víctimas, el agente inhibe la resistencia de los anticuerpos (MT1) generando la llamada conducta asintomática o ejemplar. Mujeres más bien tímidas, hacendosas y modositas que apenas si llaman la atención o tienen vida social mediocre o nula, bien podrían estar enfiestadas hasta la médula", señala el Dr. Cáceres. "El virus -precisa el especialista- debe su resistencia a las biomoléculas (bm-2) que lo componen, y no existen hasta la fecha evidencias científicas que permitan inferir por qué o cuándo se torna activo".
Paradigmas y pulsiones en la mujer enfiestada es un texto riguroso que se abre asimismo a la doble perspectiva del historicismo psicoanalítico, aportando ejemplos múltiples y documentados de mujeres enfiestadas a lo largo de la Historia. Las referencias psicoanalíticas de casos célebres no se pueden obviar. Destaca Murney Cáceres en este aspecto: "Son harto conocidos los ejemplos clínicos de Freud, casos reverenciales de la literatura psicoanalítica tan célebres como El Hombre de los Lobos o Dora. Sin embargo, pocos han hecho hincapié en el caso Vera la Mosquita Muerta, primer antecedente objetivo de una paciente enfiestada cuyos síntomas precipitaron un abordaje equívoco". Cáceres nos recuerda que el propio Sigmund Freud admitió epistolarmente su pifia: "Le erré feo -admite con total honestidad intelectual en una de sus cartas a Lou Andreas-Salomé-, confundí histeria con algo probablemente orgánico aun no descubierto, no sé, para mí que es bacteria o virus...". Aunque sus presunciones estaban bien encaminadas, la historia del pensamiento moderno demuestra palmariamente que se han cometido numerosos errores con relación al invasor recientemente detectado. Acaso el equívoco más extendido haya llegado hasta nosotros por la vía del lenguaje caprichoso: al LP-S-14 se lo denominaba hasta no hace mucho fiebre uterina, luego ninfomanía y, más reciente y eufemísticamente, trastorno de la conducta sexual. En el capítulo "Lexicografía del enfiestamiento", Murney Cáceres incluye una larga lista de bajezas idiomáticas, producto todas de la ignorancia. No hace falta consignarlas.
El tramo más concluyente es no obstante aquel que el investigador panameño reserva a su trabajo de relevamiento testimonial. Más de un centenar de entrevistas le permiten formular algunas consideraciones de base: "Lo primero a tener en cuenta -dice-, es que el enfiestamiento se puede producir a cualquier edad. Sin embargo -advierte-, no es lo mismo una mujer de 30 que una de 50". Para Murney Cáceres, cuando el LP-S-14 ataca a las de 50 produce daños irreparables, de difícil acceso terapéutico, puesto que el virus ha desarrollado anticuerpos y es autoinmune en sus cíclicas mutaciones, presentando variaciones morfológicas del enfiestamiento social, profesional, deportivo, laboral, religioso, cultural, etc." Cita a continuación una evidencia contundente: M. L., anciana de Belice de 102 años, enfiestada hasta que murió. Pero no aclara la fecha de su deceso. Luego señala que estos casos son "rarezas de la bibliografía clínica". También nos recuerda que el ritmo de vida moderno propende a la proliferación del virus, creando las condiciones necesarias para su desarrollo y expansión. Una de las dificultades que presenta el microorganismo agresor es su alta resistencia a ser aislado. Comenta al respecto el Dr. Murney Cáceres: "Los métodos de la bioquímica molecular empleados para su aislamiento aun no han dado los resultados previstos, ello es así porque el virus enfiesta todo lo que toca; de todos modos, los investigadores continúan trabajando".
El capítulo central del ensayo ("Detección y etiología") está dedicado a la difusión y toma de conciencia del mal, ya que uno de los primeros aliados de este agente no es patógeno sino cultural. "Cuanto más sepamos del LP-S-14, más comprometida será su expansión y sus días estarán contados". A continuación, se hace una pregunta clave: "¿Cómo reconocer a una enfiestada?" Es crucial entender que aunque el virus tiende a enmascararse, hay rasgos que los íntimos y familiares de las infectadas deben aprender a interpretar. Murney Cáceres los expone según dos etapas o fases, como él las denomina. La fase 1 incluye: ansiedad, cambios de humor, vida social muy activa, tendencia a gastar dinero, cuidado excesivo del cuerpo, pantalla solar, tenis, cirugías estéticas, reuniones con amigas o ex compañeras de colegio y muchos mensajes de texto en el celular. Luego -señala-, en la fase 2 aparecen los rasgos del comportamiento degenerativo más profundo: amabilidad, buen humor, inclinación a las tareas del hogar, sentido del ahorro, súbita aptitud para las artes culinarias (el autor aquí también incluye lavado, planchado y jardinería), criterio comprensivo en una amplia variedad de temas y, fundamentalmente, menor emisión de palabras y obediencia ciega al criterio del cónyugue o compañero. "Lo más temible de esta fase 2 -advierte el profesional panameño-, es la rotunda constatación del ideal de mujer perfecta. Cuando ellas lo alcanzan, ya es muy tarde para nosotros". El capítulo siguiente está dedicado a las Madres ejemplares, paradigmas, subraya, del "enfiestamiento negro o perverso". El tramo posterior se ocupa de las auto-enfiestadas o mujeres invertidas que se adosan a las de su mismo sexo: "No son lesbianas como antiguamente se creía -explica-, son pacientes bajo los efectos del retrovirus 41-S-PL".
Las palabras finales de su exhaustivo y esclarecedor trabajo están dedicadas, no podía ser de otra manera, al género masculino: "Deseo que mi humilde aporte científico sirva de sustento moral y espiritual a la inclaudicable legión de cornudos que pulula en el planeta Tierra, esa masa anónima e infinita en constante expansión, siempre pujante y renovada. El objetivo central de mi libro no ha sido otro que el de sepultar prejuicios e ignorancia, arrojando luz sobre un tema siempre latente pero pocas veces asumido y discutido con la seriedad y el rigor profesional que merece. Gracias al descubrimiento del LP-S-14, y a la ímproba y silenciosa tarea de los científicos de Maryland, hoy los cornudos de toda índole podemos quedar en paz con nuestras atribuladas conciencias. Está claro entonces -concluye- que no éramos nosotros los culpables: el virus asintomático las había enfiestado. Tengamos esperanza, no está lejano el día en que lo podamos derrotar".
El Dr. Murney Cáceres dedica Paradigmas y pulsiones en la mujer enfiestada a su amada esposa Jennifer: "A quien con desvelo y constante amor inspiró mi vida e hizo posible durante todos estos años mi vocación de entrega a la labor médica y profesional".
Acaba de ser distribuido en nuestro medio un texto de indudable rigor científico que aporta nuevos elementos de juicio y valor para la comprensión de un tema espinoso, sin duda tan polémico como permanentemente menoscabado: la infidelidad femenina. El libro pertenece al género divulgación y lleva por título Paradigmas y pulsiones en la mujer enfiestada. Su autor es el psiquiatra e investigador Murney Cáceres, quien lo elaboró luego de meses de trabajo apoyándose en los descubrimientos de laboratorio que hace un par de años se efectuaron en la Universidad de Maryland sobre el comportamiento del agente LP-S-14, más conocido como "virus de la enfiestada". En el libro, Murney Cáceres no sólo efectúa una minuciosa descripción del citado virus sino que incluye un anexo con los últimos avances de la comunidad científica en la materia así como testimonios de mujeres afectadas viralmente, fruto de un trabajo de campo llevado a cabo durante el año 2005 en ciudad de Panamá, de donde el profesional es oriundo.
Una de las primeras cuestiones que llaman la atención del virus LP-S-14 son sus características bioquímicas de comportamiento. "El virus de la enfiestada -señala Cáceres-, puede permanecer aletargado durante años, generando en la portadora la inequívoca convicción de que su sistema inmunológico lo ha rechazado. Nada más falso -subraya el autor-, el LP-S-14 posee en sus enzimas un productor molecular activo conocido como RTF (uno de los cientos de supresores neuronales que se encuentran en la región límbica de la corteza cerebral), cuya misión a nivel sináptico es crear la llamada inversión conductual de la afectada. En un rango de estima social -aclara-, a las mujeres que alojan el LP-S-14 en su organismo se las exalta atributivamente con un sinnúmero de virtudes y bondades, lo que es tan erróneo como comprensible: al incidir sobre la actividad neuronal de sus víctimas, el agente inhibe la resistencia de los anticuerpos (MT1) generando la llamada conducta asintomática o ejemplar. Mujeres más bien tímidas, hacendosas y modositas que apenas si llaman la atención o tienen vida social mediocre o nula, bien podrían estar enfiestadas hasta la médula", señala el Dr. Cáceres. "El virus -precisa el especialista- debe su resistencia a las biomoléculas (bm-2) que lo componen, y no existen hasta la fecha evidencias científicas que permitan inferir por qué o cuándo se torna activo".
Paradigmas y pulsiones en la mujer enfiestada es un texto riguroso que se abre asimismo a la doble perspectiva del historicismo psicoanalítico, aportando ejemplos múltiples y documentados de mujeres enfiestadas a lo largo de la Historia. Las referencias psicoanalíticas de casos célebres no se pueden obviar. Destaca Murney Cáceres en este aspecto: "Son harto conocidos los ejemplos clínicos de Freud, casos reverenciales de la literatura psicoanalítica tan célebres como El Hombre de los Lobos o Dora. Sin embargo, pocos han hecho hincapié en el caso Vera la Mosquita Muerta, primer antecedente objetivo de una paciente enfiestada cuyos síntomas precipitaron un abordaje equívoco". Cáceres nos recuerda que el propio Sigmund Freud admitió epistolarmente su pifia: "Le erré feo -admite con total honestidad intelectual en una de sus cartas a Lou Andreas-Salomé-, confundí histeria con algo probablemente orgánico aun no descubierto, no sé, para mí que es bacteria o virus...". Aunque sus presunciones estaban bien encaminadas, la historia del pensamiento moderno demuestra palmariamente que se han cometido numerosos errores con relación al invasor recientemente detectado. Acaso el equívoco más extendido haya llegado hasta nosotros por la vía del lenguaje caprichoso: al LP-S-14 se lo denominaba hasta no hace mucho fiebre uterina, luego ninfomanía y, más reciente y eufemísticamente, trastorno de la conducta sexual. En el capítulo "Lexicografía del enfiestamiento", Murney Cáceres incluye una larga lista de bajezas idiomáticas, producto todas de la ignorancia. No hace falta consignarlas.
El tramo más concluyente es no obstante aquel que el investigador panameño reserva a su trabajo de relevamiento testimonial. Más de un centenar de entrevistas le permiten formular algunas consideraciones de base: "Lo primero a tener en cuenta -dice-, es que el enfiestamiento se puede producir a cualquier edad. Sin embargo -advierte-, no es lo mismo una mujer de 30 que una de 50". Para Murney Cáceres, cuando el LP-S-14 ataca a las de 50 produce daños irreparables, de difícil acceso terapéutico, puesto que el virus ha desarrollado anticuerpos y es autoinmune en sus cíclicas mutaciones, presentando variaciones morfológicas del enfiestamiento social, profesional, deportivo, laboral, religioso, cultural, etc." Cita a continuación una evidencia contundente: M. L., anciana de Belice de 102 años, enfiestada hasta que murió. Pero no aclara la fecha de su deceso. Luego señala que estos casos son "rarezas de la bibliografía clínica". También nos recuerda que el ritmo de vida moderno propende a la proliferación del virus, creando las condiciones necesarias para su desarrollo y expansión. Una de las dificultades que presenta el microorganismo agresor es su alta resistencia a ser aislado. Comenta al respecto el Dr. Murney Cáceres: "Los métodos de la bioquímica molecular empleados para su aislamiento aun no han dado los resultados previstos, ello es así porque el virus enfiesta todo lo que toca; de todos modos, los investigadores continúan trabajando".
El capítulo central del ensayo ("Detección y etiología") está dedicado a la difusión y toma de conciencia del mal, ya que uno de los primeros aliados de este agente no es patógeno sino cultural. "Cuanto más sepamos del LP-S-14, más comprometida será su expansión y sus días estarán contados". A continuación, se hace una pregunta clave: "¿Cómo reconocer a una enfiestada?" Es crucial entender que aunque el virus tiende a enmascararse, hay rasgos que los íntimos y familiares de las infectadas deben aprender a interpretar. Murney Cáceres los expone según dos etapas o fases, como él las denomina. La fase 1 incluye: ansiedad, cambios de humor, vida social muy activa, tendencia a gastar dinero, cuidado excesivo del cuerpo, pantalla solar, tenis, cirugías estéticas, reuniones con amigas o ex compañeras de colegio y muchos mensajes de texto en el celular. Luego -señala-, en la fase 2 aparecen los rasgos del comportamiento degenerativo más profundo: amabilidad, buen humor, inclinación a las tareas del hogar, sentido del ahorro, súbita aptitud para las artes culinarias (el autor aquí también incluye lavado, planchado y jardinería), criterio comprensivo en una amplia variedad de temas y, fundamentalmente, menor emisión de palabras y obediencia ciega al criterio del cónyugue o compañero. "Lo más temible de esta fase 2 -advierte el profesional panameño-, es la rotunda constatación del ideal de mujer perfecta. Cuando ellas lo alcanzan, ya es muy tarde para nosotros". El capítulo siguiente está dedicado a las Madres ejemplares, paradigmas, subraya, del "enfiestamiento negro o perverso". El tramo posterior se ocupa de las auto-enfiestadas o mujeres invertidas que se adosan a las de su mismo sexo: "No son lesbianas como antiguamente se creía -explica-, son pacientes bajo los efectos del retrovirus 41-S-PL".
Las palabras finales de su exhaustivo y esclarecedor trabajo están dedicadas, no podía ser de otra manera, al género masculino: "Deseo que mi humilde aporte científico sirva de sustento moral y espiritual a la inclaudicable legión de cornudos que pulula en el planeta Tierra, esa masa anónima e infinita en constante expansión, siempre pujante y renovada. El objetivo central de mi libro no ha sido otro que el de sepultar prejuicios e ignorancia, arrojando luz sobre un tema siempre latente pero pocas veces asumido y discutido con la seriedad y el rigor profesional que merece. Gracias al descubrimiento del LP-S-14, y a la ímproba y silenciosa tarea de los científicos de Maryland, hoy los cornudos de toda índole podemos quedar en paz con nuestras atribuladas conciencias. Está claro entonces -concluye- que no éramos nosotros los culpables: el virus asintomático las había enfiestado. Tengamos esperanza, no está lejano el día en que lo podamos derrotar".
El Dr. Murney Cáceres dedica Paradigmas y pulsiones en la mujer enfiestada a su amada esposa Jennifer: "A quien con desvelo y constante amor inspiró mi vida e hizo posible durante todos estos años mi vocación de entrega a la labor médica y profesional".
martes, diciembre 19, 2006
Noticias del cuervo sobre el busto de Palas
Del libro inédito Ejercicio de incertidumbre
Por Luis Chitarroni
No es justo empezar este recuento de mi carrera de 20 años de editor sin evocar algunos episodios de mi guerra de escritor contra los editores. Este oficio o género desmedido tiene que, a fin de cuentas, considerarse desde las dos posiciones en el tablero.
Agrupo a los más detestables en la categoría “editores adversos”. Los he simplificado en tres tipos, de acuerdo con mi poca habilidad para reducirlos y jibarizarlos , a la que no contribuye una siempre renovada sed de venganza. No voy a nombrarlos, claro, aunque por obtusos y negados que sean, leyendo se reconocerán.
El primero reúne con exquisita falta de delicadeza todos los requisitos o emblemas exteriores del editor profesional –pipa concienzuda, aire de distracción, foulard-, pero ni uno solo de los atributos. Tenía que escribir yo para el tribunal de su mirada un artículo sobre Marcel Schwob y me aconsejó que lo hiciera con esmero. “Como si escribiera sobre mi padre”, pidió. En mi memoria despótica quedó para siempre fijo el escenario de este pedido: la redacción ruidosa a nuestro alrededor, las manos blandas de suplicante de este jefe de redactores/editor, el aire de imperturbabilidad copiado de Mr Hulot, una mancha del almuerzo en su camisa impecable.
Como yo no conocía al padre del caballero, me tomé el pedido al pie de la letra. Escribí sobre Schwob de acuerdo con la recomendación lamborghiniana “como quisiera que nadie escribiera sobre mí”. Acataba, con una temeraria indiferencia y un alarde de falsa erudición, la orden/consejo, el error vocacional del siguiente lector de esa nota. La leyó ante mí en el mismo escenario ruidoso, con una especie de carraspera desaprobatoria que coreaba cada uno de mis renglones con ahogada mala fe. “Le dije que escribiera como si escribiera sobre mi padre..., y esto es un galimatías sin pie ni cabeza, con información parásita que nadie le pidió”. No quedé desolado. Tenía en mi poder una primera regla, que siempre respeté: “No imponer efusiones sentimentales propias al que escribe. Predispone, incluso en sujetos tímidos y sumisos, a la desobediencia diametral.”
El segundo tipo es más gravosos, porque gozaba –o todavía goza- de lo que se dice “una reputación”. En Buenos Aires, en la Capital Federal, una reputación nunca viene sola sino con anécdotas que en general poco tienen que ver con la reputación en sino con la enfermiza ignorancia de los sujetos que exaltan a estas nulidades, pero... Registro la propia. Como este editor sabía que yo escribo “difícil” (eran tiempos, Dios mío, en que estas taradeces parecían admisibles), supervisaría él mismo (se trataba también de un editor de redacción, no de libros) lo que yo le entregara. Supongo que su impostura tenía límites: sabía él bien que no era quien creía ser, pero a mí esa entelequia ontológica me dio un trabajo bárbaro. Cada mención, traducción o cita de algo se convertía de inmediato para él en el motivo de una competencia que le desordenaba la biblioteca proporcional, llena de libros inútiles. La mía suele permanecer impasible, porque las citas que no recuerdo de memoria, en caso de no estar haciendo un trabajo de rigurosa exactitud, las invento.
Pero lo que maltrataba con más celo eran mis alusiones. Cada renglón de intimidad con mi lector ideal era anulado fervorosamente por su sumisión a la musa del despiste. Cuando yo me refería a un poeta imaginado por un novelista –el John Shade de Pálido fuego, por ejemplo-, él creía que se trataba de Edgar Lee Masters (escritor más competente, me doy cuenta ahora, para redactar el epitafio de ambos, el de él y el mío, que para calificar nuestra miserable contienda por un fulgor verbal.
Supongo que, aparte de las anécdotas de los bobos, la reputación la había cimentado él mismo, porque se oía en éxtasis, casi no hacía otra cosa. Para eso había cultivado una de voz de bajo falsa, llena de ronroneos y vacilaciones que, si bien no describían el estado permanente de confusión mental, simulaban que su obstinada arrogancia se permitía algún ejercicio de incertidumbre. Había hecho la escuela de un editor oriental igualmente sobrevalorado (las leyendas orientales son un prodigio de exageración que se desliza de Alí Babá a Clemente Colling), pero el reglamento del viejo maestro, y las impugnaciones adheridas por añadidura, pertenecen exclusivamente al reino de la superstición tipográfica. Digamos que por hoy no cuenta.
El tercer tipo es penoso. Mi gusto por incluirlo no está exento de odio. Se trata de un sujeto cívica y moralmente inmundo, que todo quiere canjearlo o negociarlo. Ha trabajado de ghost writer (o de negro, como dicen españoles y franceses) durante años, y el hecho de ocupar ahora un lugar para el que nunca se preparó no es una ventaja. El agravio que tales ágrafos producen no se limita al repertorio bobalicón de prescripciones que les han inculcado (supresión de gerundios, adverbios y adjetivos “visibles”) sino a un concepto que invalida su desempeño profesional en cualquier disciplina que tenga que ver con la estética, puesto que una ortodoxia primitiva los ayuda a creer que hay una sola manera de hacer las cosas.
Vamos al grano. Este señor fofo e inmaduro del tercer tipo, mezcla de tonto característico y adiposo genital, censuró más de dos veces mis calculados esfuerzos por escribir un libro a pedido. Lo hizo con vaguedades, sin ningún rigor formal, con imprecisiones meteorológicas del tipo “me parece demasiado frío” y apelando a un comité de lectores de pareja –ya que superior es imposible- ineptitud intelectual.
Lo cierto es que esas tristes experiencias han sido, en mi caso, recompensadas con creces por editores generosos e inteligente. Esto incluye muchas mujeres, un harén de editoras sabias, cuyas insinuaciones implican siempre el grado justo en el que algún regodeo superfluo o la cargosa insistencia de una idea recurrente (en un mundo que los débiles llenamos de palabras) obliga a mostrar la hilacha. Son editores que saben, que nos cuidan, que ayudan.
Una vez instalado en el escritorio de editor, también es frecuente la queja. Creo que Javier Marías detectó una cantidad muy razonable de razones para no escribir novelas y salvó una –pero una inmejorable, que ya no recuerdo- para hacerlo. Lo cierto es que una pregunta se ha instalado hace tiempo en mi ceño, donde la ausencia de un tercer ojo es ostensible, y relumbra con intermitencias, haciéndome perder la calma. Es: ¿por qué tantas personas que no terminaron de leer una novela se obstinan en escribir una novela?
Sin ironía, perplejo, me repito esa pregunta. Ensayo respuestas insatisfactorias. El mandato sarmientino sobre escribir un libro no exige que el libro sea una novela. ¿Por qué, entonces, una novela? ¿Por qué no un libro en cualquiera de los géneros que el los géneros diversos ofrecen? ¿Por qué abogados, médicos, editores, ex modelos, modelos, niños prodigio, holgazanes de cualquier laya, más que ocupados empresarios, actrices, dobles de cuerpo y de riesgo, aprendices de cualquier oficio, orfebres quieren escribir una novela?
Tal vez la idea del escritor idealizado, decimonónico, persista en, como decían los locutores ascendidos a estudiantes, “nuestro imaginario” (a veces complementan las palabras con ese gesto que consiste en pellizcar el aire, como si los tecnicismos y las términos tomadas a préstamo estuvieran condenados a esta preventiva sospecha de inanidad o falta de asistencia verdadera). El escritor es, pues, sigue siendo, Dumas, Tolstoi, Dostoievski, Dickens, todos grandes novelistas. La idea de ese hombre con un mundo a cuestas es lo que nos gusta. Y es por eso que nos obstinamos en escribir una novela, aunque no las leamos. ¿Qué leemos? Porque a los editores argentinos nos consta desde hace más o menos veinte años que, con contadas excepciones, las novelas son un fracaso. Podemos enumerar un montón de razones –ficciones que la eficacia narrativa del cine cuenta mejor y más rápido, distanciamiento de los jóvenes del abecedario del teclado, reemplazo del teclado por la omnipotencia del mouse-, y una sola para persistir editando narrativa, una sola que apela a cierta nostalgia o remordimiento en nuestra relación con la cultura.
Pero la pregunta salta, arrasa los matorrales del argumento, vuelve a instalarse ante nuestros ojos como un felino hipnótico: ¿por qué incluso los virtuosos del mouse quieren escribir novelas?
Suficiente por hoy. Quedan las anécdotas para otra ocasión.
Por Luis Chitarroni
No es justo empezar este recuento de mi carrera de 20 años de editor sin evocar algunos episodios de mi guerra de escritor contra los editores. Este oficio o género desmedido tiene que, a fin de cuentas, considerarse desde las dos posiciones en el tablero.
Agrupo a los más detestables en la categoría “editores adversos”. Los he simplificado en tres tipos, de acuerdo con mi poca habilidad para reducirlos y jibarizarlos , a la que no contribuye una siempre renovada sed de venganza. No voy a nombrarlos, claro, aunque por obtusos y negados que sean, leyendo se reconocerán.
El primero reúne con exquisita falta de delicadeza todos los requisitos o emblemas exteriores del editor profesional –pipa concienzuda, aire de distracción, foulard-, pero ni uno solo de los atributos. Tenía que escribir yo para el tribunal de su mirada un artículo sobre Marcel Schwob y me aconsejó que lo hiciera con esmero. “Como si escribiera sobre mi padre”, pidió. En mi memoria despótica quedó para siempre fijo el escenario de este pedido: la redacción ruidosa a nuestro alrededor, las manos blandas de suplicante de este jefe de redactores/editor, el aire de imperturbabilidad copiado de Mr Hulot, una mancha del almuerzo en su camisa impecable.
Como yo no conocía al padre del caballero, me tomé el pedido al pie de la letra. Escribí sobre Schwob de acuerdo con la recomendación lamborghiniana “como quisiera que nadie escribiera sobre mí”. Acataba, con una temeraria indiferencia y un alarde de falsa erudición, la orden/consejo, el error vocacional del siguiente lector de esa nota. La leyó ante mí en el mismo escenario ruidoso, con una especie de carraspera desaprobatoria que coreaba cada uno de mis renglones con ahogada mala fe. “Le dije que escribiera como si escribiera sobre mi padre..., y esto es un galimatías sin pie ni cabeza, con información parásita que nadie le pidió”. No quedé desolado. Tenía en mi poder una primera regla, que siempre respeté: “No imponer efusiones sentimentales propias al que escribe. Predispone, incluso en sujetos tímidos y sumisos, a la desobediencia diametral.”
El segundo tipo es más gravosos, porque gozaba –o todavía goza- de lo que se dice “una reputación”. En Buenos Aires, en la Capital Federal, una reputación nunca viene sola sino con anécdotas que en general poco tienen que ver con la reputación en sino con la enfermiza ignorancia de los sujetos que exaltan a estas nulidades, pero... Registro la propia. Como este editor sabía que yo escribo “difícil” (eran tiempos, Dios mío, en que estas taradeces parecían admisibles), supervisaría él mismo (se trataba también de un editor de redacción, no de libros) lo que yo le entregara. Supongo que su impostura tenía límites: sabía él bien que no era quien creía ser, pero a mí esa entelequia ontológica me dio un trabajo bárbaro. Cada mención, traducción o cita de algo se convertía de inmediato para él en el motivo de una competencia que le desordenaba la biblioteca proporcional, llena de libros inútiles. La mía suele permanecer impasible, porque las citas que no recuerdo de memoria, en caso de no estar haciendo un trabajo de rigurosa exactitud, las invento.
Pero lo que maltrataba con más celo eran mis alusiones. Cada renglón de intimidad con mi lector ideal era anulado fervorosamente por su sumisión a la musa del despiste. Cuando yo me refería a un poeta imaginado por un novelista –el John Shade de Pálido fuego, por ejemplo-, él creía que se trataba de Edgar Lee Masters (escritor más competente, me doy cuenta ahora, para redactar el epitafio de ambos, el de él y el mío, que para calificar nuestra miserable contienda por un fulgor verbal.
Supongo que, aparte de las anécdotas de los bobos, la reputación la había cimentado él mismo, porque se oía en éxtasis, casi no hacía otra cosa. Para eso había cultivado una de voz de bajo falsa, llena de ronroneos y vacilaciones que, si bien no describían el estado permanente de confusión mental, simulaban que su obstinada arrogancia se permitía algún ejercicio de incertidumbre. Había hecho la escuela de un editor oriental igualmente sobrevalorado (las leyendas orientales son un prodigio de exageración que se desliza de Alí Babá a Clemente Colling), pero el reglamento del viejo maestro, y las impugnaciones adheridas por añadidura, pertenecen exclusivamente al reino de la superstición tipográfica. Digamos que por hoy no cuenta.
El tercer tipo es penoso. Mi gusto por incluirlo no está exento de odio. Se trata de un sujeto cívica y moralmente inmundo, que todo quiere canjearlo o negociarlo. Ha trabajado de ghost writer (o de negro, como dicen españoles y franceses) durante años, y el hecho de ocupar ahora un lugar para el que nunca se preparó no es una ventaja. El agravio que tales ágrafos producen no se limita al repertorio bobalicón de prescripciones que les han inculcado (supresión de gerundios, adverbios y adjetivos “visibles”) sino a un concepto que invalida su desempeño profesional en cualquier disciplina que tenga que ver con la estética, puesto que una ortodoxia primitiva los ayuda a creer que hay una sola manera de hacer las cosas.
Vamos al grano. Este señor fofo e inmaduro del tercer tipo, mezcla de tonto característico y adiposo genital, censuró más de dos veces mis calculados esfuerzos por escribir un libro a pedido. Lo hizo con vaguedades, sin ningún rigor formal, con imprecisiones meteorológicas del tipo “me parece demasiado frío” y apelando a un comité de lectores de pareja –ya que superior es imposible- ineptitud intelectual.
Lo cierto es que esas tristes experiencias han sido, en mi caso, recompensadas con creces por editores generosos e inteligente. Esto incluye muchas mujeres, un harén de editoras sabias, cuyas insinuaciones implican siempre el grado justo en el que algún regodeo superfluo o la cargosa insistencia de una idea recurrente (en un mundo que los débiles llenamos de palabras) obliga a mostrar la hilacha. Son editores que saben, que nos cuidan, que ayudan.
Una vez instalado en el escritorio de editor, también es frecuente la queja. Creo que Javier Marías detectó una cantidad muy razonable de razones para no escribir novelas y salvó una –pero una inmejorable, que ya no recuerdo- para hacerlo. Lo cierto es que una pregunta se ha instalado hace tiempo en mi ceño, donde la ausencia de un tercer ojo es ostensible, y relumbra con intermitencias, haciéndome perder la calma. Es: ¿por qué tantas personas que no terminaron de leer una novela se obstinan en escribir una novela?
Sin ironía, perplejo, me repito esa pregunta. Ensayo respuestas insatisfactorias. El mandato sarmientino sobre escribir un libro no exige que el libro sea una novela. ¿Por qué, entonces, una novela? ¿Por qué no un libro en cualquiera de los géneros que el los géneros diversos ofrecen? ¿Por qué abogados, médicos, editores, ex modelos, modelos, niños prodigio, holgazanes de cualquier laya, más que ocupados empresarios, actrices, dobles de cuerpo y de riesgo, aprendices de cualquier oficio, orfebres quieren escribir una novela?
Tal vez la idea del escritor idealizado, decimonónico, persista en, como decían los locutores ascendidos a estudiantes, “nuestro imaginario” (a veces complementan las palabras con ese gesto que consiste en pellizcar el aire, como si los tecnicismos y las términos tomadas a préstamo estuvieran condenados a esta preventiva sospecha de inanidad o falta de asistencia verdadera). El escritor es, pues, sigue siendo, Dumas, Tolstoi, Dostoievski, Dickens, todos grandes novelistas. La idea de ese hombre con un mundo a cuestas es lo que nos gusta. Y es por eso que nos obstinamos en escribir una novela, aunque no las leamos. ¿Qué leemos? Porque a los editores argentinos nos consta desde hace más o menos veinte años que, con contadas excepciones, las novelas son un fracaso. Podemos enumerar un montón de razones –ficciones que la eficacia narrativa del cine cuenta mejor y más rápido, distanciamiento de los jóvenes del abecedario del teclado, reemplazo del teclado por la omnipotencia del mouse-, y una sola para persistir editando narrativa, una sola que apela a cierta nostalgia o remordimiento en nuestra relación con la cultura.
Pero la pregunta salta, arrasa los matorrales del argumento, vuelve a instalarse ante nuestros ojos como un felino hipnótico: ¿por qué incluso los virtuosos del mouse quieren escribir novelas?
Suficiente por hoy. Quedan las anécdotas para otra ocasión.
martes, diciembre 05, 2006
La cisura de Rolando - Cap. II
Vivíamos en un barrio humilde de las afueras, y a la mañana había que ir a la escuela pisando la escarcha. A mí no me gustaba romperla, caminaba esquivándola. El ruido de la escarcha me recordaba los acúfenos. Al colegio fui hasta cuarto grado. Después de perder la voz me llevaron a una escuela especial, pero no para resentidos. La "Escuela Especial", así la llamaban, iba con mayúsculas y era para especiales con problemas en la cabeza. A casi ninguno de mis compañeros se les notaba lo que tenían. Eran retrasados con aspecto normal. Lo que sí, pegaban. La mayoría tenía la costumbre de atacar por la espalda, dos o tres babeaban apenas y después estaba yo. A mí me habían prohibido anotar, me obligaban a pronunciar sonidos y los demás estaban obligados a entenderme. Algunos días me pasaban grabaciones y discos de música. Los lunes, miércoles y viernes tenía gabinete especial con una fonoaudióloga con medias caladas que buscaba excitarme. Se alzaba las polleras y se sentaba en una silla para enanitos para que yo pudiera advertir la posición de sus labios y la lengua. "Efe fricativa, efffeee", pronunciaba mientras me tomaba de los hombros y me apoyaba contra sus rodillas. Yo repetía chillidos de mono tití. Al final de la clase siempre me quedaba la duda. No sabia que las mujeres se echaban perfume detrás de las rodillas. Un día se lo pregunté a mi madre y me arrancó la hoja y la tiró al tacho de la basura. "Las putas", dijo.
En el barrio me decían primero "El mudito", después "El mudo" y un poco más tarde, cuando me puse los largos, "Mudo de mierda" o "Mudo hijo de puta". A mí me gustaba "Mudo hijo de puta", me hacía sentir poderoso. Las hermanas de mi madre, en cambio, me decían Roli, Rolo, Rolando, según. Eran seis, todas mujeres ásperas y de campo, con un carácter que mi padre había bautizado burlonamente como "el despotismo afectivo". A despotismo la pude ubicar. A cuál más insoportable, cada una de ellas tenía sus mañas sin embargo.
Después de mi madre, que era la mayor, venía Sonia, una mujer bella, alta, de facciones angulosas y presencia de trueno. Llevaba la voz cantante y, como no había querido tener hijos para no estropear su figura, cada tanto venía a casa para ver "cómo marchaban las cosas". Daba órdenes, matoneaba un poco, como decía mi padre, y luego se marchaba con la satisfacción del deber cumplido. Durante esos días yo era una especie de muñeco de ventrílocuo.
-Está flaco -le decía a mi madre-, ¿qué le das vos de comer? Porquerías, seguro, porque sino no estaría como está. Mirálo, parece una saraca.
Saraca fue una de las palabras que más me quedaron de la infancia. Nunca la encontré en el diccionario, pero para mí Saraca era una especie de larva o de planta anémica, sin ninguna posibilidad de sobrevivir. Desde el primer día la escribí con mayúsculas, como nombre propio. Para Sonia, yo era una Saraca por culpa de mis padres. En cuanto se enteró de mi problema, dijo: "Al principio hablaba y ahora no. Es mi culpa, yo tendría que haber venido más seguido a esta casa". Para mis tías, las culpas dominaban el cielo de la existencia: accidentes, catástrofes, desgracias, muertes, azar o carambola, todo se debía a las consecuencias de un mal obrar. Las culpas no nos perdían pisada.
Mi otra tía, Carmela, era la menor. No era tan linda, pero en las fotos salía bien. Mostraba fotos de sus hijos, de la familia de su marido, de los aniversarios, de las fiestas de Navidad, de los cumpleaños, de la casa. "Sos muy fotogénica", le decían las hermanas. Tenía un álbum enorme de cuero y luego colecciones que ordenaba por fechas en un bargueño donde también guardaba las muñecas de sus hijas mellizas a medida que iban creciendo y las abandonaban. Familias enteras dormían en ese mueble. En cuanto recibía visitas, la tía Carmela desplegaba las fotografías en abanico y había que repasar una por una. "Las estaciones del vía crucis familiar", así las llamaba mi padre, que siempre traía expresiones nuevas a casa. Lo peor eran los comentarios de la tía: "Esta la tomamos el día de la despedida de P."; "aquella la tomamos cuando vino H."; "esta otra fue para el bautismo de J.". Podía estar horas mirándose. Tenía en la cabeza un calendario y al dorso de las fotos, las fechas con el lugar y la hora en que habían sido tomadas. Mi padre se burlaba: "hogar y armonía", repetía, pero la verdad era que para la tía Carmela todo siempre se presentaba "maravilloso" o "mejor imposible". De todas mis tías, era la que condensaba mejor que ninguna la ignorancia de la familia. Yo la rechazaba porque me hacía sentir un incapaz.
-¿Todavía no habla? ¿Qué cosa, no? ¿Y no tiene solución el chico?
Me decía "el chico". Era hiriente y un poco despreciativa, sobre todo cuando me comparaba con el resto de su familia retratada. Pero algo le debo y tengo que reconocerlo: la abominación por las fotografías. Abominación es palabra pura y exclusiva de mi madre. Ella comparte ese sentimiento: "Detesto las fotografías", suele repetir, pero no sé por qué. Yo en cambio las odio por múltiples razones, pero primero y principal porque me recuerdan que esos que aparecen en el álbum son los que se van a ir muriendo. Con las palabras es distinto porque aunque uno las escriba no se dejan retratar. Y por más que se escriban, siempre se las puede tomar de cualquier manera. Las palabras se mueven, las fotos no.
Eugenia, la tía del medio, era bien distinta a Sonia y a Carmela. Ella jamás nos visitaba porque estaba casada con un diplomático de carrera. Nos miraba por encima de los hombros y hablaba con entonación nasal y desentendida. A nosotros nos consideraba inferiores. Un día le escuché decir que mi padre era un tirifilo, y desde ese día le tomé odio. Tampoco encontré tirifilo en el diccionario, pero jamás la escribí con mayúsculas. Eugenia era docente y madre y eso, para mí, resultaba atroz. Palabras de mi padre: "Nada más atroz que una madre ni nada más tenebroso que una docente". En Eugenia se reunían las dos virtudes. Una sola vez vino a casa y miró con asco las macetas del pasillo y el recibidor con los sillones de mimbre y la mesita de caña.
-¿Aquí no tienen living-room, Erminia?
Mi madre se puso colorada y contestó algo con medias palabras. Yo me sentí más insignificante que un diminutivo. Esa noche no pude dormir, dejé prendida la luz y me pasé toda la noche mirando las paredes descascaradas, el cielorraso estrecho, los muebles baratos que se amontonaban a los costados de mi cama. No dormía en un dormitorio, pero nunca antes había sentido vergüenza por mi lugar. Fue la primera vez que algo me acobardó. Creo que me duró varios días. Vivíamos en una casa chorizo modestísima que alquilábamos a un señor Kuruch que venía cada fin de mes a cobrarnos enfundado en un perramus color azul, lo mismo daba que lloviera o hubiera sol. Mi padre decía que Kuruch almorzaba y cenaba chukrut con ese impermeable para no ensuciarse, que era una orden de la esposa. Mi padre sabía de comidas raras, pero yo odié con la misma familiaridad a Kuruch, a mi tía Eugenia, a mi padre y a mi madre. Eso me hizo crecer. Aunque nunca, hasta el día de hoy, pude superar la vergüenza de la palabra living-room. Cada vez que me digo living-room siento odio y vacío. Esa noche hubo pelea y mi padre prohibió el ingreso de cualquier miembro de la familia de mi madre a casa. "Nadie es menos por el lugar en que vive", repetía.
El resto de mis tías no tenía casi incidencia porque vivía en el interior del país, y por las cartas que le enviaban a mi madre mucho no se hacían notar. Yo creo que la letra escrita nos hace más llevaderos. Pero lo de la tía Eugenia produjo sus efectos: a la semana siguiente mi madre entró en un ataque neurasténico -neurastenia es otra de las palabras que me quedó, la empleaba mi padre para referirse a mi madre-, y se le dió por colgar las perchas con la ropa de mi padre de los apliques, de los cables que colgaban con los foquitos de luz del techo y de los contramarcos altos de las puertas. La casa quedó convertida en una selva de pantalones, camisas, pijamas y calzoncillos, y para ir del baño a la cocina había que abrirse paso entre la espesura del algodón y el wash and wear. Era la época del wash and wear, de las camisas lavilisto y de la serie Jim de la Selva en el canal 7, y a mí el decorado me gustó porque se parecía a las lianas entre las que andaba Johnny Weismuller. Pero duró lo que duraba la serie: media hora. Esa noche hubo gritos y fajina. "Tu padre es un sarnoso -me explicó a la mañana siguiente mi madre, más serena-, a nosotros nos hace vivir en una covacha pero a la otra bien que la tiene con todos los lujos". Covacha es linda también.
Cada tanto mi madre le pegaba a mi padre, pero era para encarrilarlo según decía. Mi padre era un hombre de buen humor, un poco irónico y extravagante, pero inteligente. Había estudiado cuatro años de Medicina y había abandonado, y también había dejado inconclusas algunas obras de teatro porque, según afirmaba, a último momento había advertido que se las habían plagiado. Aplicaba inyecciones en el barrio y a la tarde se marchaba a trabajar en el Patronato del Leproso. Ya no se usa la palabra "patronato", pero a mí siempre me sonó bien. Cuando estaba de buen humor aullaba en el pasillo y recitaba de memoria pasajes del Eclesiastés, pero no creía en Dios. Luego se reía con convulsiones y terminaba tosiendo. No necesitaba de nadie para reírse, y eso a mí me gustaba mucho. Mi madre afirmaba que era un desequilibrado y un putañero. Y algo de razón tenía: una mañana vino a casa con una muchacha bastante más joven y me la presentó como su novia. Mi madre estaba pasando unos días en Río Negro, donde vivía Dorita, otra de sus hermanas. La mujer se agachó para darme un beso, pero yo le extendí la mano. Ella sonrió y me acarició el remolino. Mi padre seguía la escena con una mueca de orgullo y satisfacción. Yo ni gesticulé.
-Ella se llama Margarita -dijo mi padre-, es mi novia y es detective.
Margarita le dio un beso en la mejilla y se aferró a su brazo. El le susurró al oído que yo no hablaba.
-Hijo -prosiguió mientras se acomodaba el saco y tomaba compostura-, traje a Margarita a casa para que la conozcas y para que sepas que ella va a ser como una madre postiza para vos.
Luego aulló, tosió y continuó:
-Te la quise presentar porque uno de estos días te va a llegar la tarjeta de invitación.
-Nos vamos a casar -dijo la mujer detective con cara de idiota.
Yo no le hice caso: siempre que me decía "hijo" en un tono impostado era una burla, una burla a la solemnidad, como él decía.
A los dos días la que llegó fue mi madre y lo primero que hizo fue leer el cuaderno con mis apuntes. Cometí el error de haber sido demasiado fidedigno, como me reprochó después mi padre. Lo molió a palos y le tiró los sillones de mimbre por la cabeza. Él corría por el pasillo y reía como un chico. Pero a las dos semanas el asunto de la novia detective estaba olvidado.
A partir de ese episodio empecé a torcer los detalles de las cosas verdaderas. Si anotaba por ejemplo que me habían cambiado la medicación, exageraba y extendía los apuntes con la prescripción de una probable lobotomía o con una operación en la que me iban a levantar la tapa de los sesos para aplicarme corriente eléctrica a 220 voltios. Empecé a reírme de mis ocurrencias y a notar que no era tan diferente de mi padre, después de todo. Escribiendo disparates la mudez se me olvidaba.
En el barrio me decían primero "El mudito", después "El mudo" y un poco más tarde, cuando me puse los largos, "Mudo de mierda" o "Mudo hijo de puta". A mí me gustaba "Mudo hijo de puta", me hacía sentir poderoso. Las hermanas de mi madre, en cambio, me decían Roli, Rolo, Rolando, según. Eran seis, todas mujeres ásperas y de campo, con un carácter que mi padre había bautizado burlonamente como "el despotismo afectivo". A despotismo la pude ubicar. A cuál más insoportable, cada una de ellas tenía sus mañas sin embargo.
Después de mi madre, que era la mayor, venía Sonia, una mujer bella, alta, de facciones angulosas y presencia de trueno. Llevaba la voz cantante y, como no había querido tener hijos para no estropear su figura, cada tanto venía a casa para ver "cómo marchaban las cosas". Daba órdenes, matoneaba un poco, como decía mi padre, y luego se marchaba con la satisfacción del deber cumplido. Durante esos días yo era una especie de muñeco de ventrílocuo.
-Está flaco -le decía a mi madre-, ¿qué le das vos de comer? Porquerías, seguro, porque sino no estaría como está. Mirálo, parece una saraca.
Saraca fue una de las palabras que más me quedaron de la infancia. Nunca la encontré en el diccionario, pero para mí Saraca era una especie de larva o de planta anémica, sin ninguna posibilidad de sobrevivir. Desde el primer día la escribí con mayúsculas, como nombre propio. Para Sonia, yo era una Saraca por culpa de mis padres. En cuanto se enteró de mi problema, dijo: "Al principio hablaba y ahora no. Es mi culpa, yo tendría que haber venido más seguido a esta casa". Para mis tías, las culpas dominaban el cielo de la existencia: accidentes, catástrofes, desgracias, muertes, azar o carambola, todo se debía a las consecuencias de un mal obrar. Las culpas no nos perdían pisada.
Mi otra tía, Carmela, era la menor. No era tan linda, pero en las fotos salía bien. Mostraba fotos de sus hijos, de la familia de su marido, de los aniversarios, de las fiestas de Navidad, de los cumpleaños, de la casa. "Sos muy fotogénica", le decían las hermanas. Tenía un álbum enorme de cuero y luego colecciones que ordenaba por fechas en un bargueño donde también guardaba las muñecas de sus hijas mellizas a medida que iban creciendo y las abandonaban. Familias enteras dormían en ese mueble. En cuanto recibía visitas, la tía Carmela desplegaba las fotografías en abanico y había que repasar una por una. "Las estaciones del vía crucis familiar", así las llamaba mi padre, que siempre traía expresiones nuevas a casa. Lo peor eran los comentarios de la tía: "Esta la tomamos el día de la despedida de P."; "aquella la tomamos cuando vino H."; "esta otra fue para el bautismo de J.". Podía estar horas mirándose. Tenía en la cabeza un calendario y al dorso de las fotos, las fechas con el lugar y la hora en que habían sido tomadas. Mi padre se burlaba: "hogar y armonía", repetía, pero la verdad era que para la tía Carmela todo siempre se presentaba "maravilloso" o "mejor imposible". De todas mis tías, era la que condensaba mejor que ninguna la ignorancia de la familia. Yo la rechazaba porque me hacía sentir un incapaz.
-¿Todavía no habla? ¿Qué cosa, no? ¿Y no tiene solución el chico?
Me decía "el chico". Era hiriente y un poco despreciativa, sobre todo cuando me comparaba con el resto de su familia retratada. Pero algo le debo y tengo que reconocerlo: la abominación por las fotografías. Abominación es palabra pura y exclusiva de mi madre. Ella comparte ese sentimiento: "Detesto las fotografías", suele repetir, pero no sé por qué. Yo en cambio las odio por múltiples razones, pero primero y principal porque me recuerdan que esos que aparecen en el álbum son los que se van a ir muriendo. Con las palabras es distinto porque aunque uno las escriba no se dejan retratar. Y por más que se escriban, siempre se las puede tomar de cualquier manera. Las palabras se mueven, las fotos no.
Eugenia, la tía del medio, era bien distinta a Sonia y a Carmela. Ella jamás nos visitaba porque estaba casada con un diplomático de carrera. Nos miraba por encima de los hombros y hablaba con entonación nasal y desentendida. A nosotros nos consideraba inferiores. Un día le escuché decir que mi padre era un tirifilo, y desde ese día le tomé odio. Tampoco encontré tirifilo en el diccionario, pero jamás la escribí con mayúsculas. Eugenia era docente y madre y eso, para mí, resultaba atroz. Palabras de mi padre: "Nada más atroz que una madre ni nada más tenebroso que una docente". En Eugenia se reunían las dos virtudes. Una sola vez vino a casa y miró con asco las macetas del pasillo y el recibidor con los sillones de mimbre y la mesita de caña.
-¿Aquí no tienen living-room, Erminia?
Mi madre se puso colorada y contestó algo con medias palabras. Yo me sentí más insignificante que un diminutivo. Esa noche no pude dormir, dejé prendida la luz y me pasé toda la noche mirando las paredes descascaradas, el cielorraso estrecho, los muebles baratos que se amontonaban a los costados de mi cama. No dormía en un dormitorio, pero nunca antes había sentido vergüenza por mi lugar. Fue la primera vez que algo me acobardó. Creo que me duró varios días. Vivíamos en una casa chorizo modestísima que alquilábamos a un señor Kuruch que venía cada fin de mes a cobrarnos enfundado en un perramus color azul, lo mismo daba que lloviera o hubiera sol. Mi padre decía que Kuruch almorzaba y cenaba chukrut con ese impermeable para no ensuciarse, que era una orden de la esposa. Mi padre sabía de comidas raras, pero yo odié con la misma familiaridad a Kuruch, a mi tía Eugenia, a mi padre y a mi madre. Eso me hizo crecer. Aunque nunca, hasta el día de hoy, pude superar la vergüenza de la palabra living-room. Cada vez que me digo living-room siento odio y vacío. Esa noche hubo pelea y mi padre prohibió el ingreso de cualquier miembro de la familia de mi madre a casa. "Nadie es menos por el lugar en que vive", repetía.
El resto de mis tías no tenía casi incidencia porque vivía en el interior del país, y por las cartas que le enviaban a mi madre mucho no se hacían notar. Yo creo que la letra escrita nos hace más llevaderos. Pero lo de la tía Eugenia produjo sus efectos: a la semana siguiente mi madre entró en un ataque neurasténico -neurastenia es otra de las palabras que me quedó, la empleaba mi padre para referirse a mi madre-, y se le dió por colgar las perchas con la ropa de mi padre de los apliques, de los cables que colgaban con los foquitos de luz del techo y de los contramarcos altos de las puertas. La casa quedó convertida en una selva de pantalones, camisas, pijamas y calzoncillos, y para ir del baño a la cocina había que abrirse paso entre la espesura del algodón y el wash and wear. Era la época del wash and wear, de las camisas lavilisto y de la serie Jim de la Selva en el canal 7, y a mí el decorado me gustó porque se parecía a las lianas entre las que andaba Johnny Weismuller. Pero duró lo que duraba la serie: media hora. Esa noche hubo gritos y fajina. "Tu padre es un sarnoso -me explicó a la mañana siguiente mi madre, más serena-, a nosotros nos hace vivir en una covacha pero a la otra bien que la tiene con todos los lujos". Covacha es linda también.
Cada tanto mi madre le pegaba a mi padre, pero era para encarrilarlo según decía. Mi padre era un hombre de buen humor, un poco irónico y extravagante, pero inteligente. Había estudiado cuatro años de Medicina y había abandonado, y también había dejado inconclusas algunas obras de teatro porque, según afirmaba, a último momento había advertido que se las habían plagiado. Aplicaba inyecciones en el barrio y a la tarde se marchaba a trabajar en el Patronato del Leproso. Ya no se usa la palabra "patronato", pero a mí siempre me sonó bien. Cuando estaba de buen humor aullaba en el pasillo y recitaba de memoria pasajes del Eclesiastés, pero no creía en Dios. Luego se reía con convulsiones y terminaba tosiendo. No necesitaba de nadie para reírse, y eso a mí me gustaba mucho. Mi madre afirmaba que era un desequilibrado y un putañero. Y algo de razón tenía: una mañana vino a casa con una muchacha bastante más joven y me la presentó como su novia. Mi madre estaba pasando unos días en Río Negro, donde vivía Dorita, otra de sus hermanas. La mujer se agachó para darme un beso, pero yo le extendí la mano. Ella sonrió y me acarició el remolino. Mi padre seguía la escena con una mueca de orgullo y satisfacción. Yo ni gesticulé.
-Ella se llama Margarita -dijo mi padre-, es mi novia y es detective.
Margarita le dio un beso en la mejilla y se aferró a su brazo. El le susurró al oído que yo no hablaba.
-Hijo -prosiguió mientras se acomodaba el saco y tomaba compostura-, traje a Margarita a casa para que la conozcas y para que sepas que ella va a ser como una madre postiza para vos.
Luego aulló, tosió y continuó:
-Te la quise presentar porque uno de estos días te va a llegar la tarjeta de invitación.
-Nos vamos a casar -dijo la mujer detective con cara de idiota.
Yo no le hice caso: siempre que me decía "hijo" en un tono impostado era una burla, una burla a la solemnidad, como él decía.
A los dos días la que llegó fue mi madre y lo primero que hizo fue leer el cuaderno con mis apuntes. Cometí el error de haber sido demasiado fidedigno, como me reprochó después mi padre. Lo molió a palos y le tiró los sillones de mimbre por la cabeza. Él corría por el pasillo y reía como un chico. Pero a las dos semanas el asunto de la novia detective estaba olvidado.
A partir de ese episodio empecé a torcer los detalles de las cosas verdaderas. Si anotaba por ejemplo que me habían cambiado la medicación, exageraba y extendía los apuntes con la prescripción de una probable lobotomía o con una operación en la que me iban a levantar la tapa de los sesos para aplicarme corriente eléctrica a 220 voltios. Empecé a reírme de mis ocurrencias y a notar que no era tan diferente de mi padre, después de todo. Escribiendo disparates la mudez se me olvidaba.
domingo, noviembre 05, 2006
La cisura de Rolando
Novela inédita (adelanto del capítulo 1)
"Se leer, pero no llego a ver el texto. Si tuviera los brazos un poco más largos, podría hacerlo. ¿No tendrá usted un chimpancé para que me ayude?".
Groucho Marx
1
Escribo porque no puedo hablar. A los 11 años me detectaron en el lóbulo anterior del cerebro una mancha apenas visible que me alteró el habla. De aquel momento recuerdo la voz del médico que mencionaba "una zona adyacente al área de Broca". Al lugar lo ubiqué después, por mis lecturas. En aquel momento escuché área de Broca y pensé en un barrio. Luego el médico habló de la materia gris con toda tranquilidad y dijo algo de una "cisura de rolando". Eso sí me impresionó. La voz me llegó con defectos de ortografía, pero unos meses después pude corregirla gracias a un libro de medicina de mi padre. Es una rara enfermedad, casi extraordinaria, que se manifiesta en unos pocos en todo el mundo. Yo soy uno de esos pocos. Progresivamente y en pocos meses se pierde el habla y con ello las habilidades fonéticas: es como si el cerebro enviara órdenes incompletas a los músculos que producen la voz. Uno no llega a articular palabras. Apenas se pueden alcanzar unos pocos sonidos guturales, muy finitos, como de chillidos de chimpancé. "Cisura de rolando", repitió el médico esa mañana en el hospital.
Mi madre se había tomado del borde de la camilla y sollozaba mirando hacia una ventana que daba a una casa de jardín extraño, con cemento en las áreas donde debería crecer el césped y pequeños senderos verdes que comunicaban con una gran plataforma gris a los costados. Una media docena de círculos con pedregullo se abrían en el cemento para dar lugar a troncos de árboles jóvenes sostenidos por tutores. Desde arriba, el jardín parecía un barco en un dique seco. Mi padre se frotaba la calva y sonreía con una mueca burlona. "Y qué se puede hacer", preguntó sin signos de interrogación, como entregado. El médico dijo un par de frases que no llegué a entender y luego se quedaron hablando a solas, en un rincón. Enseguida mi madre me señaló la puerta y nos marchamos. Mientras aguardábamos a mi padre en el pasillo, ella me emprolijaba los mechones de pelo y no dejaba de acomodarme el gabán azul a la altura de los hombros. Creo que en esa época a los gabanes se les decía paletó. Cuando salió mi padre, hizo un gesto con la cabeza y caminamos hasta el fondo del corredor. Bajamos los dos pisos de la clínica en silencio. Yo hubiera preferido el ascensor. En la vereda, él comentó algo relacionado con la sabiduría y el silencio. Pero le salió en forma de chiste. Mi madre no dejaba de llorar y de frotarme el remolino de la cabeza. Por aquel entonces yo tenía miedo de quedarme calvo.
El consultorio del médico estaba en un segundo piso y al salir a la calle, casi sin querer, reconocí la ventana desde donde había visto el extraño jardín. Pero al jardín no se lo veía: daba a los fondos de una vivienda que tampoco alcancé a ubicar. Durante el viaje de regreso a casa, ninguno de los dos dijo nada. Ese mediodía almorzamos en silencio, hasta que al final de la comida mi padre arrojó un plato contra la pared y mi madre me arrastró hasta el dormitorio. Luego hubo una gran pelea que escuché con el oído pegado a la puerta. Es raro, tengo un oído poderoso y puedo escuchar conversaciones a gran distancia, aún en medio del tránsito y las bocinas. Pero cuando me pongo nervioso llegan los acúfenos y es como si se me deslizara nieve por los tímpanos. Mi madre me ha dicho que su madre los tenía y que ella también. También me ha dicho que tengo que acostumbrarme y aprender a ignorarlos, a pensar en cosas lindas, porque ella ha sabido de gente que terminó suicidándose por los acúfenos. Hay gente que los siente como taladros eléctricos o como silbidos interminables, con agudos en muchas escalas, y hay quienes los padecen como grillos, pájaros, tambores largos o amoladoras contra el metal. Hay muchas clases de acúfenos. Yo siento nieve bajando por los oídos. Será por eso que la detesto, aunque nunca la vi ni la toqué. Mi madre pronuncia acúfenos, como palabra esdrújula, pero hay gente que se contenta diciendo acufenos, sin acento.
Yo le doy importancia a esas cosas: las comas, los acentos o los puntos pueden hacer una gran diferencia. Las comillas también. En el cuaderno de notas repaso cada frase que escribo, luego corrijo. Prefiero el cuaderno al idioma de las señas. La mímica de los sordomudos me repugna. Hace años hice una lista con las cosas que me repugnaban, pero después me di cuenta de que lo que había hecho era una tabla de resentidos, con varias escalas según la falla. La anoto en presente porque creo que sigue teniendo importancia: el primer lugar es para los rengos, no hay nada más resentido que un rengo. Son irrecuperables. Después están los petisos, que tapan el resentimiento con prepotencia y soberbia. Siguen los sordos, que tienen un resentimiento disimulado en el mal humor, y después vienen los sordomudos, un poco menos resentidos porque el resentimiento lo disimulan entre varios. Si uno les presta atención va a notar que los sordomudos casi siempre andan en grupo, por eso parecen más sociables. Pero no. Hay que saber desconfiar. Los resentidos del quinto lugar son los paraliticos, que se hacen los amables pero son controladores y dominantes, de lo peor. Los ciegos vienen después. Son cálidos y babosos, pero siempre traicioneros. Un baboso que no ve es doblemente baboso. A los mancos de nacimiento nunca los anoté porque es una variedad rara, pero yo conocí a uno con el brazo esmirriado y reseco que era puro rencor. Robertito se llamaba, aunque al diminutivo se lo pusimos por temor. El temor se vale de los diminutivos. La escala de resentidos funciona si no hay lástima, si hay lástima se viene abajo. No sirve. En los cuadernos yo anoto estas cosas para no tenerme lástima. En los mudos solos me anoté yo: Rolando puse y nada más. Algunos cuadernos son más importantes que otros.
El primero que recuerdo no era mío, lo traía a casa la Chica Avón, con las fotos de los productos que había que encargar y el precio por debajo. La Chica Avón venía una vez por mes y mi madre la esperaba siempre arreglada, con el pelo firme por los ruleros de la noche anterior. A la mañana se lo retocaba con spray. Se sentaban en el recibidor y conversaban y reían. Mi madre hojeaba la revista y yo permanecía de pie, espiando detrás del contramarco del dormitorio las piernas electrificadas de la Chica Avón. Esperaba el momento en que las cruzara o las descruzara, el roce de sus medias producía unos segundos de estática. Hace poco leí que la costumbre de cruzar las piernas es una costumbre de las mujeres árabes, en ese entonces no sabía. Tampoco sabía que existían los amperímetros. Mi madre entonces se levantaba y me tironeaba de los pelos, la Chica Avón reía con unos ojos brillantes y renegridos mientras me despedía con un beso en el aire. A la noche yo soñaba con ella. Después me llevaba el cuaderno Avón al baño, me encerraba, y me tocaba. La Chica Avón no estaba en el cuaderno, pero con las fotos de los perfumes y las cremas a mí me alcanzaba. Mi padre una vez me descubrió con el cuaderno Avón en el baño y algo debe haber imaginado porque se puso a reír a carcajadas mientras le comentaba a mi madre que era por la edad. "Lo hace por carácter transitivo", repetía entre risotadas. Después busqué transitivo en el diccionario, pero no lo encontré. Esa noche mi madre se sentó en el borde de la cama y me habló. No recuerdo qué me dijo, pero sí que era importante dormir con las manos afuera de las sábanas. Incluso en invierno.
"Se leer, pero no llego a ver el texto. Si tuviera los brazos un poco más largos, podría hacerlo. ¿No tendrá usted un chimpancé para que me ayude?".
Groucho Marx
1
Escribo porque no puedo hablar. A los 11 años me detectaron en el lóbulo anterior del cerebro una mancha apenas visible que me alteró el habla. De aquel momento recuerdo la voz del médico que mencionaba "una zona adyacente al área de Broca". Al lugar lo ubiqué después, por mis lecturas. En aquel momento escuché área de Broca y pensé en un barrio. Luego el médico habló de la materia gris con toda tranquilidad y dijo algo de una "cisura de rolando". Eso sí me impresionó. La voz me llegó con defectos de ortografía, pero unos meses después pude corregirla gracias a un libro de medicina de mi padre. Es una rara enfermedad, casi extraordinaria, que se manifiesta en unos pocos en todo el mundo. Yo soy uno de esos pocos. Progresivamente y en pocos meses se pierde el habla y con ello las habilidades fonéticas: es como si el cerebro enviara órdenes incompletas a los músculos que producen la voz. Uno no llega a articular palabras. Apenas se pueden alcanzar unos pocos sonidos guturales, muy finitos, como de chillidos de chimpancé. "Cisura de rolando", repitió el médico esa mañana en el hospital.
Mi madre se había tomado del borde de la camilla y sollozaba mirando hacia una ventana que daba a una casa de jardín extraño, con cemento en las áreas donde debería crecer el césped y pequeños senderos verdes que comunicaban con una gran plataforma gris a los costados. Una media docena de círculos con pedregullo se abrían en el cemento para dar lugar a troncos de árboles jóvenes sostenidos por tutores. Desde arriba, el jardín parecía un barco en un dique seco. Mi padre se frotaba la calva y sonreía con una mueca burlona. "Y qué se puede hacer", preguntó sin signos de interrogación, como entregado. El médico dijo un par de frases que no llegué a entender y luego se quedaron hablando a solas, en un rincón. Enseguida mi madre me señaló la puerta y nos marchamos. Mientras aguardábamos a mi padre en el pasillo, ella me emprolijaba los mechones de pelo y no dejaba de acomodarme el gabán azul a la altura de los hombros. Creo que en esa época a los gabanes se les decía paletó. Cuando salió mi padre, hizo un gesto con la cabeza y caminamos hasta el fondo del corredor. Bajamos los dos pisos de la clínica en silencio. Yo hubiera preferido el ascensor. En la vereda, él comentó algo relacionado con la sabiduría y el silencio. Pero le salió en forma de chiste. Mi madre no dejaba de llorar y de frotarme el remolino de la cabeza. Por aquel entonces yo tenía miedo de quedarme calvo.
El consultorio del médico estaba en un segundo piso y al salir a la calle, casi sin querer, reconocí la ventana desde donde había visto el extraño jardín. Pero al jardín no se lo veía: daba a los fondos de una vivienda que tampoco alcancé a ubicar. Durante el viaje de regreso a casa, ninguno de los dos dijo nada. Ese mediodía almorzamos en silencio, hasta que al final de la comida mi padre arrojó un plato contra la pared y mi madre me arrastró hasta el dormitorio. Luego hubo una gran pelea que escuché con el oído pegado a la puerta. Es raro, tengo un oído poderoso y puedo escuchar conversaciones a gran distancia, aún en medio del tránsito y las bocinas. Pero cuando me pongo nervioso llegan los acúfenos y es como si se me deslizara nieve por los tímpanos. Mi madre me ha dicho que su madre los tenía y que ella también. También me ha dicho que tengo que acostumbrarme y aprender a ignorarlos, a pensar en cosas lindas, porque ella ha sabido de gente que terminó suicidándose por los acúfenos. Hay gente que los siente como taladros eléctricos o como silbidos interminables, con agudos en muchas escalas, y hay quienes los padecen como grillos, pájaros, tambores largos o amoladoras contra el metal. Hay muchas clases de acúfenos. Yo siento nieve bajando por los oídos. Será por eso que la detesto, aunque nunca la vi ni la toqué. Mi madre pronuncia acúfenos, como palabra esdrújula, pero hay gente que se contenta diciendo acufenos, sin acento.
Yo le doy importancia a esas cosas: las comas, los acentos o los puntos pueden hacer una gran diferencia. Las comillas también. En el cuaderno de notas repaso cada frase que escribo, luego corrijo. Prefiero el cuaderno al idioma de las señas. La mímica de los sordomudos me repugna. Hace años hice una lista con las cosas que me repugnaban, pero después me di cuenta de que lo que había hecho era una tabla de resentidos, con varias escalas según la falla. La anoto en presente porque creo que sigue teniendo importancia: el primer lugar es para los rengos, no hay nada más resentido que un rengo. Son irrecuperables. Después están los petisos, que tapan el resentimiento con prepotencia y soberbia. Siguen los sordos, que tienen un resentimiento disimulado en el mal humor, y después vienen los sordomudos, un poco menos resentidos porque el resentimiento lo disimulan entre varios. Si uno les presta atención va a notar que los sordomudos casi siempre andan en grupo, por eso parecen más sociables. Pero no. Hay que saber desconfiar. Los resentidos del quinto lugar son los paraliticos, que se hacen los amables pero son controladores y dominantes, de lo peor. Los ciegos vienen después. Son cálidos y babosos, pero siempre traicioneros. Un baboso que no ve es doblemente baboso. A los mancos de nacimiento nunca los anoté porque es una variedad rara, pero yo conocí a uno con el brazo esmirriado y reseco que era puro rencor. Robertito se llamaba, aunque al diminutivo se lo pusimos por temor. El temor se vale de los diminutivos. La escala de resentidos funciona si no hay lástima, si hay lástima se viene abajo. No sirve. En los cuadernos yo anoto estas cosas para no tenerme lástima. En los mudos solos me anoté yo: Rolando puse y nada más. Algunos cuadernos son más importantes que otros.
El primero que recuerdo no era mío, lo traía a casa la Chica Avón, con las fotos de los productos que había que encargar y el precio por debajo. La Chica Avón venía una vez por mes y mi madre la esperaba siempre arreglada, con el pelo firme por los ruleros de la noche anterior. A la mañana se lo retocaba con spray. Se sentaban en el recibidor y conversaban y reían. Mi madre hojeaba la revista y yo permanecía de pie, espiando detrás del contramarco del dormitorio las piernas electrificadas de la Chica Avón. Esperaba el momento en que las cruzara o las descruzara, el roce de sus medias producía unos segundos de estática. Hace poco leí que la costumbre de cruzar las piernas es una costumbre de las mujeres árabes, en ese entonces no sabía. Tampoco sabía que existían los amperímetros. Mi madre entonces se levantaba y me tironeaba de los pelos, la Chica Avón reía con unos ojos brillantes y renegridos mientras me despedía con un beso en el aire. A la noche yo soñaba con ella. Después me llevaba el cuaderno Avón al baño, me encerraba, y me tocaba. La Chica Avón no estaba en el cuaderno, pero con las fotos de los perfumes y las cremas a mí me alcanzaba. Mi padre una vez me descubrió con el cuaderno Avón en el baño y algo debe haber imaginado porque se puso a reír a carcajadas mientras le comentaba a mi madre que era por la edad. "Lo hace por carácter transitivo", repetía entre risotadas. Después busqué transitivo en el diccionario, pero no lo encontré. Esa noche mi madre se sentó en el borde de la cama y me habló. No recuerdo qué me dijo, pero sí que era importante dormir con las manos afuera de las sábanas. Incluso en invierno.
miércoles, noviembre 01, 2006
Masa básica
A propósito de El lector, de Bernhard Schlink
Cada tanto vuelvo a recorrer los ambientes de una novela austera, sombría, magistral. Bernhard Schlink la plasmó hace unos diez años y aunque en castellano (Anagrama) ya va por su undécima impresión, su primera tirada es de los noventa. Sin embargo, cada vez que abro las páginas de El lector tengo la misma sensación: la historia de Hanna y Michael pertenece a un libro anterior, antiguo quiero decir. Como si Schlink la hubiera calcado de un clásico, pero, también, como si la suya fuera una versión absolutamente original. Cuando la leí por primera vez sentí el mismo déjà vu: de libro conocido. Y no. O sí. Acaso porque en el imaginario de todos nosotros debe haber una memoria común, única, a la que de tanto en tanto recurrimos para no desapercibirnos. Con los libros debe suceder algo similar, algunos obran de antecedente para que otros logren desarrollarse tiempo después. Una masa básica, digamos, harina y agua, que luego tomará distintas formas y sabores aunque reconociendo un origen común.
El argumento es de una irreprochable sencillez: Michael (15) conoce a Hanna (36) en la calle, ella le ayuda a reestablecerse y a lavarse -Michael ha sufrido una descompostura-, y unos días después él retribuye el gesto enviándole flores a la casa. Se enamoran. Hanna desaparece. Unos años después (segunda parte), él la reconoce en un juicio a cinco mujeres nazis acusadas de haber cometido atrocidades en los campos de concentración. No hay dudas: es Hanna. Ella es sentenciada, condenada a cadena perpetua. Años más tarde frau Hanna Schmitz se ahorca. Entre tanto han pasado cosas elementales: Michael ha proseguido su carrera de abogacía, se ha casado con Gertrude, ha tenido una hija, se ha separado de Gertrude. Un último encargo debe cumplir Michael con el dinero que Hanna ha guardado durante sus años en prisión: entregárselo a la hija de Hanna, que vive en NY. Michael lo hace. Ese dinero va finalmente a la Jewish League. Final edificante y pobretón, pero es lo de menos.
Volvamos a la masa básica: una historia de amor atravesada por la culpa y el horror. La duda que fermenta en el Michael que evoca la relación tiene el germen necesario, aunque obvio, para mantener la trama en alza: ¿quién era esa mujer de quién se enamoró? Lo más superficial libra un esplendido reposo mientras el bollo crece: El lector es novela sobre la lectura y los libros. Un manual emocional sobre el alma humana que despierta en cada párrafo de las historias que el "chiquillo" le leía a la mujer de 36 antes de hacer el amor. Las marcas de las lecturas en voz alta han quedado en ella. En reclusión Hanna seguirá leyendo -ya ha aprendido a hacerlo por sí misma-, y también hará algunas anotaciones y objeciones a esos clásicos que devora. Pero -y aquí sube el sabor de aquel eros amasado en las tardes de la casa de la Bahnhofstrasse-, ella no los toma como clásicos, sino como sus contemporáneos. Algunos apuntes al vuelo: "Schnitzler es un perro ladrador y poco mordedor", "Stefan Zweig lleva el rabo entre las patas", "Las poesías de Goethe son pequeñas estampas", etc. Dice Bernhard Schlink a través del relato de Michael: "Me sorprendió ver que hay mucha literatura antigua que se puede leer como si fuera de hoy; alguien que no sepa nada de historia puede creer que todas esas costumbres de tiempos pasados son en realidad las costumbres actuales de tierras remotas". Está hablando, por supuesto, de ese regusto clásico que prevalece en el paladar de algunas lecturas. También, por elevación, de su propio texto. En medio de tantos libros de culto sobreestimados por sus alardes verbales y sus planteos teóricos, de vez en vez vuelvo a este lector llano y nada elitista. Que es ameno en el sentido más arcaico y tradicional del término. Que tiene el mérito, además, de no ser novela inteligente. Está tan bien contada como escrita: harina y agua. Receta sencilla.
Cada tanto vuelvo a recorrer los ambientes de una novela austera, sombría, magistral. Bernhard Schlink la plasmó hace unos diez años y aunque en castellano (Anagrama) ya va por su undécima impresión, su primera tirada es de los noventa. Sin embargo, cada vez que abro las páginas de El lector tengo la misma sensación: la historia de Hanna y Michael pertenece a un libro anterior, antiguo quiero decir. Como si Schlink la hubiera calcado de un clásico, pero, también, como si la suya fuera una versión absolutamente original. Cuando la leí por primera vez sentí el mismo déjà vu: de libro conocido. Y no. O sí. Acaso porque en el imaginario de todos nosotros debe haber una memoria común, única, a la que de tanto en tanto recurrimos para no desapercibirnos. Con los libros debe suceder algo similar, algunos obran de antecedente para que otros logren desarrollarse tiempo después. Una masa básica, digamos, harina y agua, que luego tomará distintas formas y sabores aunque reconociendo un origen común.
El argumento es de una irreprochable sencillez: Michael (15) conoce a Hanna (36) en la calle, ella le ayuda a reestablecerse y a lavarse -Michael ha sufrido una descompostura-, y unos días después él retribuye el gesto enviándole flores a la casa. Se enamoran. Hanna desaparece. Unos años después (segunda parte), él la reconoce en un juicio a cinco mujeres nazis acusadas de haber cometido atrocidades en los campos de concentración. No hay dudas: es Hanna. Ella es sentenciada, condenada a cadena perpetua. Años más tarde frau Hanna Schmitz se ahorca. Entre tanto han pasado cosas elementales: Michael ha proseguido su carrera de abogacía, se ha casado con Gertrude, ha tenido una hija, se ha separado de Gertrude. Un último encargo debe cumplir Michael con el dinero que Hanna ha guardado durante sus años en prisión: entregárselo a la hija de Hanna, que vive en NY. Michael lo hace. Ese dinero va finalmente a la Jewish League. Final edificante y pobretón, pero es lo de menos.
Volvamos a la masa básica: una historia de amor atravesada por la culpa y el horror. La duda que fermenta en el Michael que evoca la relación tiene el germen necesario, aunque obvio, para mantener la trama en alza: ¿quién era esa mujer de quién se enamoró? Lo más superficial libra un esplendido reposo mientras el bollo crece: El lector es novela sobre la lectura y los libros. Un manual emocional sobre el alma humana que despierta en cada párrafo de las historias que el "chiquillo" le leía a la mujer de 36 antes de hacer el amor. Las marcas de las lecturas en voz alta han quedado en ella. En reclusión Hanna seguirá leyendo -ya ha aprendido a hacerlo por sí misma-, y también hará algunas anotaciones y objeciones a esos clásicos que devora. Pero -y aquí sube el sabor de aquel eros amasado en las tardes de la casa de la Bahnhofstrasse-, ella no los toma como clásicos, sino como sus contemporáneos. Algunos apuntes al vuelo: "Schnitzler es un perro ladrador y poco mordedor", "Stefan Zweig lleva el rabo entre las patas", "Las poesías de Goethe son pequeñas estampas", etc. Dice Bernhard Schlink a través del relato de Michael: "Me sorprendió ver que hay mucha literatura antigua que se puede leer como si fuera de hoy; alguien que no sepa nada de historia puede creer que todas esas costumbres de tiempos pasados son en realidad las costumbres actuales de tierras remotas". Está hablando, por supuesto, de ese regusto clásico que prevalece en el paladar de algunas lecturas. También, por elevación, de su propio texto. En medio de tantos libros de culto sobreestimados por sus alardes verbales y sus planteos teóricos, de vez en vez vuelvo a este lector llano y nada elitista. Que es ameno en el sentido más arcaico y tradicional del término. Que tiene el mérito, además, de no ser novela inteligente. Está tan bien contada como escrita: harina y agua. Receta sencilla.
martes, octubre 31, 2006
El gran marxista
Leer a Groucho Marx sigue siendo un placer del que se privan muchas casas de estudios y de enseñanza media. No puede ser de otra manera: ni el gag ni el absurdo o el disparate derivado del juego con el lenguaje entran en la currícula, en los módulos o -más modestamente-, en los programas. Y si entran, lo hacen por supuesto sin el autor. Es decir, de la mano de investigadores tan serios como canonizados y por la puerta de la solemnidad, a través de ensayos adustos que interpretan tal o cual enunciado en el marco de tal o cual modelo teórico. Las excepciones son rarísimas, o se dan por la vía del doble absurdo, como el de esa muchacha que analizaba la obra de Boris Vian a la luz de los ensayos del nonsense y de los planteos existenciales en la literatura francesa de posguerra, pero del autor nada. No había leído ni el Rompecorazones, ni La espuma de los días y ni un mísero poema. Es lógico: el humor no tiene planes de estudio porque, sencillamente, no se sabe qué hacer con él.
Groucho, más que un comediante, fue un adelantado a su tiempo. La clave para interpretarlo académicamente podría comenzar -ya que de él se trata-, por una irreverencia: la de su innato marxismo. "Quiero aclarar de entrada que no soy candidato a nada. Me gusta hablar claro. Esa campaña de Marx vicepresidente nunca contó con mi apoyo, ni ha llegado muy lejos". La burla política es la de un perdedor. En "Plumas de caballo" (Time, 31 de agosto de 1932), la inexacta biografía lo pinta así: "Si los miembros de administración de Princeton o de cualquier otra universidad en busca de decano se hubieran reunido el pasado mes para elegir a un nuevo director, con seguridad no habrían elegido a Groucho Marx. Le falta el estilo, el aspecto y la erudición que el puesto exige". Cierto, nunca dio el tipo. En "La filosofía marxista según Groucho" (Memorias de un amante sarnoso, Tusquets), una de las reediciones más cercanas junto con el ABC de Groucho, de Stefan Kanfer (Del Nuevo Extremo y RBA), el hombre, efectivamente, hace un repaso de sus postulados más serios: el no ser candidato a nada; la miserabilidad como arte divino (tan divino como la limpieza); la suerte como paradoja del éxito; el talento como una destreza de la ignorancia y la poligamia como un fin en sí mismo.
El modernismo retrasado de los tiempos le da a alguno de estos postulados una vigencia irreprochable, por ejemplo cuando cita a Schopenauer sin haberlo jamás leído. "No hay ni una sola palabra de verdad en la frase de Schopenauer, pero mencionarlo me da mucha más seguridad". En el último punto de su decálogo, sin embargo, se acerca peligrosamente a estos días. Allí se ocupa del cuerpo, punto central de su filosofía marxista. Y comienza por reconstruirlo en autopartes, como si se tratara de un vehículo de la industria de Detroit. De los dientes a los pies, del pecho a los brazos y de allí al pelo, la estética que propone su ideología es absolutamente actual. "Podría seguir enumerando indefinidamente los monstruosos errores de la naturaleza, pero tengo poco tiempo y, si mis lectores me examinan con honradez, podrán ver que me he quedado corto".
Aunque ha tenido y sigue teniendo un capital en sketches, el juego de las paradojas es el que más le gusta a este ideólogo, son tantas como inclasificables. Pero fue en la ironía donde jugó el mejor partido. Hablando de la cultura letrada, dijo muy sensatamente: "Fuera de los límites de la raza canina el mejor amigo del hombre es el libro; dentro de los límites del perro no hay suficiente luz para leer". El gag, el verdadero gag en Groucho, nace de su punto de vista. Jamás oteó desde un plano superior, siempre lo hizo desde abajo: el perfecto perdedor, el amante despechado y mal entrazado, el memorioso sin memoria o el artista sin ningún don. En sus cartas revela en profundidad esta perspectiva, poniendo al descubierto su verdadero sitio, el del artista de variedades eternamente ninguneado por productores. "Quieren que haga de clown, no los entiendo, me quieren sin máscara para que me presente ante el público y no haga nada, ¿puede alguien pagarme por lo que sencillamente soy?". Pero es en las cartas a los hermanos Warner donde se revela su mejor sentido del sin sentido, su humor como recurso ante la desesperación. En ellas no sólo y descarnadamente habla del dolor de ser un chiste caminando, sino de la condición del artista, siempre sometido a equívocos, constantemente perdidoso en un mundo material y nada transigente con la burla. Muy pocos interpretaron el arte de la entrevista, que Groucho estilizó como pocos; menos los dardos que sensiblemente le lanzaba a la industria. "Los Marx somos un grupo de desfachatados dispuestos a que nos utilicen, pero antes debemos firmar". Uno de sus tormentos, sin embargo, fue el lastre del humor: "Hay quienes imaginan que debo hacer reír de forma constante, no saben lo que supone acarrear con este chiste".
La obra de Groucho -sostenida tanto por Gummo, Harpo, Zeppo y Chico- debería leerse menos como una improvisación y bastante más como una teoría del arte contemporáneo: cruel, doloroso, perdedor, brillante y cercano siempre a ese mundo circense donde las máscaras son máscaras y no pretenden imponerse como un recurso actoral. Lo que escribía afloraba en sus gestos, nada de lecturas ni de subtextualizar. El dominio magistral de la escena fue su campo de atracción, el que lo hizo célebre; el otro, acaso el más intenso, anida en sus obras, en sus breves ensayos radiofónicos, en el tenor de algunos artículos y en el desorbitado enfoque de sus postulados. No es una ideología como para tomársela en pasatiempo. Es demasiado seria y profunda, nacida en tiempos de la gran depresión.
"Confío en que mi artículo estará lo suficientemente plagado de inexactitudes como para que lo publiques en tu pasquín".
Groucho, más que un comediante, fue un adelantado a su tiempo. La clave para interpretarlo académicamente podría comenzar -ya que de él se trata-, por una irreverencia: la de su innato marxismo. "Quiero aclarar de entrada que no soy candidato a nada. Me gusta hablar claro. Esa campaña de Marx vicepresidente nunca contó con mi apoyo, ni ha llegado muy lejos". La burla política es la de un perdedor. En "Plumas de caballo" (Time, 31 de agosto de 1932), la inexacta biografía lo pinta así: "Si los miembros de administración de Princeton o de cualquier otra universidad en busca de decano se hubieran reunido el pasado mes para elegir a un nuevo director, con seguridad no habrían elegido a Groucho Marx. Le falta el estilo, el aspecto y la erudición que el puesto exige". Cierto, nunca dio el tipo. En "La filosofía marxista según Groucho" (Memorias de un amante sarnoso, Tusquets), una de las reediciones más cercanas junto con el ABC de Groucho, de Stefan Kanfer (Del Nuevo Extremo y RBA), el hombre, efectivamente, hace un repaso de sus postulados más serios: el no ser candidato a nada; la miserabilidad como arte divino (tan divino como la limpieza); la suerte como paradoja del éxito; el talento como una destreza de la ignorancia y la poligamia como un fin en sí mismo.
El modernismo retrasado de los tiempos le da a alguno de estos postulados una vigencia irreprochable, por ejemplo cuando cita a Schopenauer sin haberlo jamás leído. "No hay ni una sola palabra de verdad en la frase de Schopenauer, pero mencionarlo me da mucha más seguridad". En el último punto de su decálogo, sin embargo, se acerca peligrosamente a estos días. Allí se ocupa del cuerpo, punto central de su filosofía marxista. Y comienza por reconstruirlo en autopartes, como si se tratara de un vehículo de la industria de Detroit. De los dientes a los pies, del pecho a los brazos y de allí al pelo, la estética que propone su ideología es absolutamente actual. "Podría seguir enumerando indefinidamente los monstruosos errores de la naturaleza, pero tengo poco tiempo y, si mis lectores me examinan con honradez, podrán ver que me he quedado corto".
Aunque ha tenido y sigue teniendo un capital en sketches, el juego de las paradojas es el que más le gusta a este ideólogo, son tantas como inclasificables. Pero fue en la ironía donde jugó el mejor partido. Hablando de la cultura letrada, dijo muy sensatamente: "Fuera de los límites de la raza canina el mejor amigo del hombre es el libro; dentro de los límites del perro no hay suficiente luz para leer". El gag, el verdadero gag en Groucho, nace de su punto de vista. Jamás oteó desde un plano superior, siempre lo hizo desde abajo: el perfecto perdedor, el amante despechado y mal entrazado, el memorioso sin memoria o el artista sin ningún don. En sus cartas revela en profundidad esta perspectiva, poniendo al descubierto su verdadero sitio, el del artista de variedades eternamente ninguneado por productores. "Quieren que haga de clown, no los entiendo, me quieren sin máscara para que me presente ante el público y no haga nada, ¿puede alguien pagarme por lo que sencillamente soy?". Pero es en las cartas a los hermanos Warner donde se revela su mejor sentido del sin sentido, su humor como recurso ante la desesperación. En ellas no sólo y descarnadamente habla del dolor de ser un chiste caminando, sino de la condición del artista, siempre sometido a equívocos, constantemente perdidoso en un mundo material y nada transigente con la burla. Muy pocos interpretaron el arte de la entrevista, que Groucho estilizó como pocos; menos los dardos que sensiblemente le lanzaba a la industria. "Los Marx somos un grupo de desfachatados dispuestos a que nos utilicen, pero antes debemos firmar". Uno de sus tormentos, sin embargo, fue el lastre del humor: "Hay quienes imaginan que debo hacer reír de forma constante, no saben lo que supone acarrear con este chiste".
La obra de Groucho -sostenida tanto por Gummo, Harpo, Zeppo y Chico- debería leerse menos como una improvisación y bastante más como una teoría del arte contemporáneo: cruel, doloroso, perdedor, brillante y cercano siempre a ese mundo circense donde las máscaras son máscaras y no pretenden imponerse como un recurso actoral. Lo que escribía afloraba en sus gestos, nada de lecturas ni de subtextualizar. El dominio magistral de la escena fue su campo de atracción, el que lo hizo célebre; el otro, acaso el más intenso, anida en sus obras, en sus breves ensayos radiofónicos, en el tenor de algunos artículos y en el desorbitado enfoque de sus postulados. No es una ideología como para tomársela en pasatiempo. Es demasiado seria y profunda, nacida en tiempos de la gran depresión.
"Confío en que mi artículo estará lo suficientemente plagado de inexactitudes como para que lo publiques en tu pasquín".
lunes, octubre 30, 2006
Islas -Acerca de Jardín de cemento de Ian McEwan-
Una isla estaba esperando a Robinson Crusoe para permitirle el pacto de la sobrevivencia. Parece claro que ella lo encontró a él. En el principio, la soledad del personaje gobierna cada uno de sus actos. Hasta que la isla náufraga es restituida por Crusoe debido a un montón de recursos: el territorio se torna habitable. William Golding hace otro tanto en El señor de las moscas, sólo que el número de personajes que reciben al pedazo de tierra en medio del mar ahora ha crecido: son varios. Y son jóvenes. No es que las islas tengan hélice, como la de Verne, es que el mundo se ha ido poblando. Las islas náufragas no se multiplican tanto como los hombres. Es una percepción extraordinaria: siendo idéntico, el mundo parece achicarse. Cada vez menos hay que salir: la aventura está adentro de nosotros mismos. En el Jardín de cemento, de Ian McEwan, el mundo ya es un suburbio, y las islas son tan inmóviles y limitadas que ocupan un pequeño espacio de tierra en el fondo de la casa. Cementarlas parece casi obligado. Esa acción fundacional la emprende el jefe de la tribu. Sin embargo, apenas se abre el texto, el padre muere. No mucho que lamentar: el clan sobrevive al moderno Crusoe. A su manera, como en anteriores naufragios. Lo que significa que el territorio insular de la familia podrá andar a la deriva, pero no se extingue. Asume nuevos rituales, privados, cada vez más restringidos. Los robinsones de McEwan están ahora tan emparentados que son hermanos. En este modelo de organización juvenil el territorio familiar reformula algunos códigos. Son otros, no podía ser de otra manera. Lo que sí queda claro es que a pesar de la muerte del jefe, eso llamado familia ni cede ni muere. Persevera bajo otras formas. La de Crusoe fue una familia insular; la de Golding, más nutrida y numerosa, también. La de McEwan no podía estar lejos de este concepto. Claro que para salvarse los jóvenes debieron construirla. Esta vez con cemento. De las mutas a los clanes, de los clanes a las tribus y de éstas a los centros urbanos, el principio de territorialidad no cede. Cambian las huellas, el espacio es otro. "Cuando agarré la tabla y me puse a alisar con cuidado la huella de mi padre en el cemento blando y fresco, mi impresión se había desvanecido". Es la última señal del paso por este mundo del padre de Jack, el joven de quince años que cuenta la historia de Jardín de cemento, la primera novela de Ian McEwan, la más desconocida del excepcional narrador inglés y, felizmente, con reedición bastante reciente entre nosotros. Los obreros acaban de descargar quince bolsas de cemento en esa casa de los suburbios londinenses, el padre las recibe, pero el proyecto de refaccionar el jardín queda trunco. Con la tragedia, el resabio de culpa parece hacerse presente en Jack: "Yo no maté a mi padre, pero a veces me he sentido como si hubiera contribuido a ello", confiesa el joven en la apertura del libro. Resabio temporal, sin embargo.El ritmo cotidiano de la casa prosigue. Hasta que enferma la madre y queda postrada en cama, escaleras arriba. La patrona no baja, y los cuatro hijos -Julie, Jack, Sue y Tom- deben afrontar tanto las obligaciones escolares como la realidad de la vida exterior y las situaciones que a diario se les presentan. El desafío parece intenso. Ya no hay protección en la isla, aunque tampoco límites ni restricciones. Los códigos del mundo infantil y adolescente invaden el territorio tradicional de la institución flia y la recién estrenada organización establece otros códigos, por ejemplo: el juego ya no representa un espacio de expansión temporal en la vida de los cuatro adolescentes, sino que se impone como un ritual común de sobrevivencia. Con el sexo ocurre otro tanto: descomprime restricciones y tabúes y se manifiesta sin estridencias ni sanciones. Pero esta otra forma de resistencia conoce sin embargo las reglas insulares y para desarrollarse y no decaer debe simular. No sólo chico es el mundo, sino estándar. Y, si se percibe un ambiente oclusivo, éste lo es por limitación argumental, no por clima espiritual. Hay momentos de intensa felicidad en medio del drama, lo que corrige invariablemente la experiencia del lector. No hay tampoco demasiados rituales en este modelo de organización, lo que sí se reflejaba en el clásico de de Golding. La sobrecogedora estructura de clan urbano que traza el autor de Amsterdam y Amor perdurable, traduce sin hipocresías lo más doloroso del mundo adulto: sus máscaras. Y algo más también: que en este mundo moderno quedan cada vez menos islas que nos rescaten.
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